Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!- Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!.

El evangelio de hoy (Mt 15, 21-28), nos presenta un ejemplo sorprendente de fe en el encuentro de Jesús con una mujer cananea, una extranjera en relación a los judíos.

La escena se desarrolla cuando caminaba hacia las ciudades de Tiro y de Sidón, al noroeste de Galilea: cuando la mujer sale a su encuentro e implora a Jesús que cure a su hija que “está muy atormentada por un demonio” (v. 22).

En un primer momento, el Señor parece no escuchar el grito de dolor, hasta el punto de suscitar la intervención de los discípulos que interceden por ella.

La despreocupación aparente de Jesús no desanima a esta madre, sino que insiste en llamarlo. La fuerza interior de esta mujer, que le permite superar todo obstáculo, está en buscar en su amor materno y en la confianza de que Jesús puede escuchar su petición. Podemos decir que este es el amor que construye la fe y la fe, por su parte se convierte en la recompensa del amor.

Su amor doloroso por su hija la conduce “a gritar: Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!” (v. 22). Es su fe perseverante en Jesús la que le permite no desanimarse incluso a su rechazo inicial. Así, la mujer “se prosterna delante de él diciendo: “Señor, ayúdame!” (v. 25).

Finalmente, delante de tanta perseverancia, Jesús se llena de admiración, casi estupefacto, por la fe de una mujer pagana. Por lo tanto en consecuencia le dice: “Mujer, grande es tu fe! Que se haga según tu deseo. Y a partir de ese momento su hija fue curada” (v. 28).

Esta mujer humilde es presentada por Jesús como un ejemplo de fe inquebrantable. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desanimarnos cuando estamos oprimidos por las duras pruebas de la vida.

El Señor no nos da la espalda ante nuestras adversidades, y, si a veces parece insensible a las peticiones de ayuda es para poner nuestra fe a prueba y fortalecerla. Debemos continuar gritando como esta mujer: ”Señor, ayúdame! Señor, ayúdame!”. Así, con perseverancia y valentía. Esta es la valentía que hay que tener en la oración.

Este episodio evangélico nos ayuda a comprender que todos tenemos necesidad de crecer en la fe y de fortalecer nuestra confianza en Jesús.

Él puede ayudarnos a encontrar el camino, cuando hemos perdido la brújula de nuestro camino, cuando la vida no aparece llana sino áspera y dura; cuando es doloroso ser fieles a nuestros compromisos.

Es importante alimentar nuestra fe cada día con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la celebración de los sacramentos, con la oración personal como un “grito” hacia Él, y con actitudes concretas de caridad hacia el prójimo.

Confiémonos al Espíritu Santo para que nos ayude a perseverar en la fe. El Espíritu infunde la gracia en el corazón de los creyentes, da a nuestra vida y a nuestro testimonio cristiano la fuerza de convicción y de la persuasión. Nos anima a vencer la incredulidad hacia Dios y la indiferencia hacia nuestros hermanos.

Que la Virgen María nos haga siempre más conscientes de nuestra necesidad del Señor y de su Espíritu; que ella nos obtenga una fe fuerte, llena de amor, y un amor que se hace súplica valiente hacia Dios.

Angelus Domini….

 

Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de orar por mí. ¡Buen almuerzo y adiós!.

© Traducción de Zenit, Raquel Anillo

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