Author: Capuchin Sisters of Denver

16 de agosto fiesta de San Esteban rey de Hungría

San Esteban fue rey de Hungría y esposo de la Beata Gisela de Baviera. Del amor de los dos nació San Emerico. En una ocasión, San Esteban le dio los siguientes consejos a su hijo para gobernar con santidad.

1.- Conservar la fe

“En primer lugar, te ordeno, te aconsejo, te recomiendo, hijo amadísimo, si deseas honrar la corona real, que conserves la fe católica y apostólica con tal diligencia y desvelo que sirvas de ejemplo a todos los súbditos que Dios te ha dado, y que todos los varones eclesiásticos puedan con razón llamarte hombre de auténtica vida cristiana, sin la cual ten por cierto que no mereces el nombre de cristiano o de hijo de la Iglesia”.

2.- El don de la vigilancia y protección

“En el palacio real, después de la fe ocupa el segundo lugar la Iglesia, plantada primero por Cristo, nuestra cabeza, transplantada luego y firmemente edificada por sus miembros, los apóstoles y los santos padres, y difundida por todo el orbe. Y, aunque continuamente engendra nuevos hijos, en ciertos lugares ya es considerada como antigua”.

“En nuestro reino, hijo amadísimo, debe considerarse aún joven y reciente, y, por esto, necesita una especial vigilancia y protección; que este don, que la divina clemencia nos ha concedido sin merecerlo, no llegue a ser destruido o aniquilado por tu desidia, por tu pereza o por tu negligencia”.

3.- El mismo trato con todos

“Hijo mío amantísimo, dulzura de mi corazón, esperanza de una descendencia futura, te ruego, te mando que siempre y en toda ocasión, apoyado en tus buenos sentimientos, seas benigno no sólo con los hombres de alcurnia o con los jefes, los ricos y los del país, sino también con los extranjeros y con todos los que recurran a ti. Porque el fruto de esta benignidad será la máxima felicidad para ti”.

4.- Compasivo y misericordioso

“Sé compasivo con todos los que sufren injustamente, recordando siempre en lo íntimo del corazón aquella máxima del Señor: Misericordia quiero y no sacrificios. Sé paciente con todos, con los poderosos y con los que no lo son”.

5.- Fuerte y honesto

“Sé, finalmente, fuerte; que no te ensoberbezca la prosperidad ni te desanime la adversidad. Sé también humilde, para que Dios te ensalce, ahora y en el futuro. Sé moderado, y no te excedas en el castigo o la condena. Sé manso, sin oponerte nunca a la justicia. Sé honesto, de manera que nunca seas para nadie, voluntariamente, motivo de vergüenza. Sé púdico, evitando la pestilencia de la liviandad como un aguijón de muerte”.

“Todas estas cosas que te he indicado someramente son las que componen la corona real; sin ellas nadie es capaz de reinar en este mundo ni de llegar al reino eterno”.

Fiesta de la Asunción de María

15 de agosto

Hoy los católicos de todo el mundo celebran la Solemnidad de la Asunción de María, conmemorando su subida gloriosa a los cielos. Sin embargo, si bien el día de la celebración es relativamente nuevo, su historia tiene raíces en los primeros siglos de la iglesia.

El Código de Derecho Canónico, en el numeral 1246, indica que esta fiesta es de precepto, es decir, una solemnidad en la que el católico tiene la obligación de participar de la Misa.

No obstante, en el mismo numeral se señala que “la Conferencia Episcopal, previa aprobación de la Sede Apostólica, puede suprimir o trasladar a domingo algunas de las fiestas de precepto”. Por tal motivo, en algunos países no es obligatorio.

Dr. Matthew Bunson, colaborador principal de EWTN, señaló recientemente que “a medida que la vida terrena de la Virgen María llega a su fin, la Asunción nos ayuda a entender más plenamente no solo su vida, sino que nos ayuda a enfocar siempre nuestra mirada a la eternidad”.

“Vemos en María la lógica de la Asunción como la culminación de su vida. Un requisito eucarístico para ese día es muy apropiado”, continuó.

El dogma de la Asunción de María, también llamada “Dormición de María” en las iglesias orientales, tiene sus raíces en los primeros siglos de la Iglesia. La Iglesia Católica enseña que cuando María terminó su vida terrenal, Dios la elevó en cuerpo y alma al cielo.

Esta creencia remonta sus raíces a los primeros años de la Iglesia. Mientras que un sitio fuera de Jerusalén fue reconocido como la tumba de María, los primeros cristianos sostuvieron que “no había nadie allí”, afirmó Bunson.

Según San Juan de Damasco, en el siglo V, en el Concilio de Calcedonia del 451 d.C., el emperador romano Marciano solicitó el cuerpo de María, Madre de Dios. San Juvenal, que era Obispo de Jerusalén, respondió “que María murió en presencia de todos los apóstoles, pero que su tumba, cuando se abrió a petición de Santo Tomás, fue hallada vacía; de donde los apóstoles concluyeron que el cuerpo fue llevado al cielo”, relató el santo.

En el siglo VIII, alrededor de la época del Papa Adriano, la Iglesia comenzó a cambiar su terminología, renombrando la fiesta del “Memorial de María” a la “Asunción de María”, anotó Bunson.

La creencia en la Asunción de María fue una tradición muy extendida y una frecuente meditación en los escritos de los santos a través de los siglos. Sin embargo, no se definió oficialmente hasta el siglo pasado.

En 1950, el Papa Pío XII hizo una declaración infalible “ex-cathedra” en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, oficialmente definiendo el dogma de la Asunción.

“Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”, escribió el Papa.

En el decreto, que fue aprobado de antemano por las diócesis de todo el mundo, el Papa Pío XII examinó siglos de pensamiento cristiano y los escritos de varios santos sobre la Asunción de María.

“Tenemos a lo largo de la historia de la Iglesia un testimonio casi universal de esto. Tenemos este hilo que recorre toda la historia de la Iglesia en apoyo del dogma. Eso es significativo porque apoya la tradición de la Iglesia, pero también apoya una comprensión más profunda de las enseñanzas de la Iglesia de cómo confiamos en las reflexiones de algunas de las más grandes mentes de la misma”, comentó Bunson.

Lo que también es notable sobre el dogma, agregó, es que “usa el tiempo pasivo”, enfatizando que María no subió al cielo por su propio poder, como lo hizo Cristo, sino que fue elevada al cielo por la gracia de Dios.

Hoy, la fiesta de la Asunción está marcada como un gran día de fiesta y de precepto en varios países, incluyendo a los Estados Unidos.

El Dr. Bunson explicó que en festividades importantes, es necesario señalar el significado real de la celebración, enfatizando la necesidad de celebrar la Eucaristía ese día.

“¿Habría algo más apropiado que en la fiesta de la Asunción de la Santísima Madre, una vez más, centrarse en su Hijo, en la Eucaristía?”, reflexionó.

Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en CNA.

Today is the feast of Saint Maximilian Kolbe

Saint Maximilian Kolbe, the Polish Franciscan priest, missionary and martyr, is celebrated throughout the Church today, August 14.

The saint died in the concentration camp at Auschwitz, during World War II, and is remembered as a “martyr of charity” for dying in place of another prisoner who had a wife and children. He was canonized by Pope John Paul II on October 10, 1982.

St. Maximilian is also celebrated for his missionary work, his evangelistic use of modern means of communication, and for his lifelong devotion to the Virgin Mary under her title of the Immaculate Conception.

All these aspects of St. Maximilian’s life converged in his founding of the Militia Immaculata. The worldwide organization continues St. Maximilian Kolbe’s mission of bringing individuals and societies into the Catholic Church, through dedication to the Virgin Mary.

St. Maximilian, according to several biographies, was personally called by the Virgin Mary, both to his holy life and to his eventual martyrdom. As an impulsive and badly-behaved child, he prayed to her for guidance, and later described how she miraculously appeared to him holding two crowns: one was white, representing purity, the other red, for martyrdom.

When he was asked to choose between these two destinies, the troublesome child and future saint said he wanted both. Radically changed by the incident, he entered the minor seminary of the Conventual Franciscans at age 13, in 1907.

At age 20 he made his solemn vows as a Franciscan, earning a doctorate in philosophy the next year. Soon after, however, he developed chronic tuberculosis, which eventually destroyed one of his lungs and weakened the other.

On October 16, 1917, in response to anti-Catholic demonstrations by Italian Freemasons, Friar Maximilian led six other Franciscans in Rome to form the association they called the Militia Immaculata. The group’s founding coincided almost exactly with the Bolshevik revolution in Russia, and the Marian apparitions at Fatima, Portugal.

As a Franciscan priest, Fr. Maximilian returned to work in Poland during the 1920s. There, he promoted the Catholic faith through newspapers and magazines which eventually reached an extraordinary circulation, published from a monastery so large it was called the “City of the Immaculata.”

In 1930 he moved to Japan, and had established a Japanese Catholic press by 1936, along with a similarly ambitious monastery.

That year, however, he returned to Poland for the last time. In 1939, Germany invaded Poland, and Fr. Kolbe was arrested. Briefly freed during 1940, he published one last issue of the Knight of the Immaculata before his final arrest and transportation to Auschwitz in 1941.

At the beginning of August that year, 10 prisoners were sentenced to death by starvation in punishment for another inmate’s escape. Moved by one man’s lamentation for his wife and children, Fr. Kolbe volunteered to die in his place.

Survivors of the camp testified that the starving prisoners could be heard praying and singing hymns, led by the priest who had volunteered for an agonizing death. After two weeks, on the night before the Church’s feast of the Assumption of the Blessed Virgin Mary, the camp officials decided to hasten Fr. Kolbe’s death, injecting him with carbolic acid.

St. Maximilian Kolbe’s body was cremated by the camp officials on the feast of the Assumption. He had stated years earlier: “I would like to be reduced to ashes for the cause of the Immaculata, and may this dust be carried over the whole world, so that nothing would remain.” ( from ACIPRENSA)

Hoy fiesta de San Maximiliano Kolbe

 

Maximiliano significa “el más importante de la familia”. San Maximiliano Kolbe nació un 8 de enero de 1894 en la ciudad polaca de Zundska Wola, que en ese momento se encontraba ocupada por Rusia.

Siendo niño realizó una travesura que su mamá le reprochó. Tiempo después, la madre vio que el pequeño Kolbe había cambiado de actitud y que frecuentemente oraba llorando ante un pequeño altar que tenía escondido entre dos roperos.

La madre preocupada le pidió que le contara todo. Entonces, temblando de emoción y con los ojos llenos de lágrimas le dijo: “Mamá, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen que me dijera lo que sería de mí. Lo mismo en la Iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, teniendo en las manos dos coronas: una blanca y otra roja”.

“La blanca significaba que perseveraría en la pureza y la roja que sería mártir. Contesté que las aceptaba… (las dos). Entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció”.

Este hecho marcó profundamente la vida de Maximiliano, quien se volvió un gran devoto de la Virgen Inmaculada e ingresó a la Orden de los Franciscanos.

Estando como estudiante en Roma, funda la “Milicia de la Inmaculada” con la finalidad de promover el amor y el servicio a la Virgen y la conversión de las almas a Cristo. De regreso a Polonia, publica la revista mensual “Caballero de la Inmaculada”.

En 1929 funda la “Ciudad de la Inmaculada” en el convento franciscano de Niepokalanów, a 40 kilómetros de Varsovia. Tiempo después se ofrece como voluntario para ir al Japón. Estando allá funda una nueva “Ciudad de la Inmaculada” (“Mugenzai No Sono”) y publica la revista “Caballero de la Inmaculada” en japonés.

Regresa a Polonia en plena Segunda Guerra Mundial, es apresado y enviado a campos de concentración. Cierto día se escapa un prisionero y los alemanes, para dar muestra de severidad, escogen a 10 prisioneros que son condenados a morir de hambre. El décimo número le tocó al sargento Franciszek Gajowniczek, polaco también, quien exclamó: “Dios mío, yo tengo esposa e hijos”.

Ante esto, el P. Maximiliano ofrece intercambiarse por el condenado. El sacerdote es llevado a un subterráneo, donde alienta constantemente a los demás presos a seguir unidos en la oración. Todos mueren y solo él queda vivo. Al final, le aplican una inyección letal que acaba con su vida.

Su máximo deseo era: “Concédeme alabarte, Virgen santa, concédeme alabarte con mi sacrificio. Concédeme por ti, solo por ti, vivir, trabajar, sufrir, gastarme, morir…”

El Papa Pablo VI lo declaró Beato y fue canonizado por San Juan Pablo II, su paisano, quien dijo que “Maximiliano Kolbe hizo como Jesús, no sufrió la muerte sino que donó la vida”.

El 19 de julio de 2016 el Papa Francisco visitó la “celda del hambre” donde fue encerrado San Maximiliano Kolbe hasta el día de su muerte, durante su visita al campo de concentración nazi de Auschwitz, en el tercer día de su viaje apostólico a Polonia para la Jornada Mundial de la Juventud. (ACIPRENSA)

Angelus, Papa Francisco- Señor, sálvame!

SALVAME JESUS san mateo 14:30 - Y el dijo :Ven .Y decendiendo Pedro de la barca:andaba por las aguas para ir a jesus . Pero al ver el fuerte viento ,tuvo miedo; y comenzando a hundirse ,dio voces ,diciendo: SEÑOR SALVAME!!! NO DUDES DE JESUS CRISTO VIENE SI TU CORAZON LATE ES POR DIOS TE AMA - Fotolog

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy la página del Evangelio (Mt 14, 22-33) describe el episodio de Jesús que, después de haber orado toda la noche a la orilla del lago de Galilea, se dirige hacia la barca de sus discípulos, caminando sobre las aguas.

La barca se encuentra en medio del lago, bloqueada por un fuerte viento contrario. Cuando ven a Jesús venir caminando sobre las aguas, los discípulos lo confundieron con un fantasma y se asustaron. Pero él les tranquiliza “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” (v. 27). Pedro, con su típico ímpetu, le dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”; y Jesús lo llama: “Ven!”(vv.28-29). Pedro desciende de la barca y se pone a caminar sobre las aguas hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento le entró miedo y comenzó a hundirse y gritó “Señor, sálvame!”,  y enseguida Jesús le tendió la mano y lo agarró. (vv. 30-31).

Este relato del Evangelio contiene un rico simbolismo y nos hace reflexionar sobre nuestra fe, ya sea como individuos ya sea como comunidad eclesial,  nuestra fe, la de todos nosotros que estamos aquí en la plaza. La comunidad eclesial, esta comunidad eclesial, ¿tiene fe?, ¿Cómo es la fe de cada uno de nosotros y la fe de nuestra comunidad?.

La barca, es la vida de cada uno de nosotros pero también es la vida de la Iglesia; el viento contrario representa las dificultades y las pruebas. La invocación de Pedro: “Señor, mándame ir hacia ti!”  y su grito: “Señor sálvame!” se asemejan tanto a nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también el miedo y la angustia que acompañan a los momentos más duros de nuestra vida y la de nuestras comunidades, marcadas por la fragilidad interna y las dificultades externas.

A Pedro, en aquel momento no le bastan las palabras seguras de Jesús, que era como la cuerda tendida a la cuál aferrarse para afrontar las aguas hostiles y turbulentas. Es lo que nos puede pasar también a nosotros. Cuando no nos agarramos a la Palabra del Señor, sino que para tener más seguridad consultamos horóscopos, cartomancia, se comienza a hundir. Esto quiere decir que la fe no es fuerte. El Evangelio de hoy nos recuerda que la fe en el Señor y en su palabra no nos abre un camino  donde todo es fácil y tranquilo, no nos libra de las tempestades de la vida.

La fe nos da la seguridad de una Presencia, no olvidemos esto. La fe nos da la seguridad de una Presencia, la presencia de Jesús que nos empuja a superar las tempestades existenciales, la certeza de una mano que nos aferra para ayudarnos a afrontar las dificultades indicándonos el camino aun cuando está  oscuro, la fe, no es una escapatoria de los problemas de la vida, sino que nos sostiene en el camino y le da un sentido.

Este episodio es una imagen magnífica de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca que, a lo largo de la travesía debe afrontar los vientos contrarios y tempestades que amenazan con volcarla. Lo que la salva, no es el coraje y las cualidades de los hombres: la garantía contra el naufragio es la fe en Jesús y en su palabra. Esta es la garantía, la fe en Jesús y en su palabra.

Sobre esta barca estamos seguros, a pesar de nuestras miserias y de nuestras debilidades, sobre todo cuando nos ponemos de rodillas  y adoramos al Señor, como los discípulos que, al final, “se postraron delante de él, diciendo: ”Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!”  (v.33). Qué hermoso es decirle a Jesús estas palabras! [Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!], lo decimos todos juntos fuerte!, “Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios” Una vez más! [Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios]

La Virgen María nos ayuda a perdurar firmes en la fe para resistir a las tempestades de la vida, a permanecer en la barca de la Iglesia, huyendo de la tentación de subir sobre barcas fascinantes pero inseguras, de las ideologías, de las modas y de los slogans.

Palabras Del Papa francisco después del ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Os saludo a todos afectuosamente, romanos y peregrinos  que estáis presentes: familias, parroquias, asociaciones y a cada fiel.

Hoy también tengo la alegría de saludar  a los grupos de jóvenes: los scouts de trevise y de vincence (son numerosos!), los participantes del Congreso nacional de la juventud franciscana.

Saludo también a las Hermanas de la Virgen de los Dolores de Nápoles y al grupo de peregrinos que han recorrido a pie la Via Francigena de Siena a Roma.

A todos os deseo un buen domingo y un buen almuerzo. Por favor, no os olvidéis de orar por mí. Adios!

las tres metáforas: el tesoro, la perla preciosa y la red de pesca-Papa Francisco

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El discurso de Jesús en parábolas, que reagrupa siete parábolas en el capítulo 13 del Evangelio de Mateo, se concluye con las tres metáforas del día: el tesoro (v.44), la perla preciosa (v. 45-46) y la red de pesca (v. 47-48). Me paro en las dos primeras que subrayan la decisión de los protagonistas de venderlo todo para obtener lo que han descubierto. En el primer caso se trata de un campesino que encuentra por casualidad un tesoro oculto escondido en el campo donde trabaja. El campo no le pertenece lo tiene que comprar si quiere entrar en posesión del tesoro: de manera que decide arriesgar todos sus bienes para no perder esta ocasión excepcional. En el segundo caso nos encontramos a un comerciante de perlas preciosas; un experto conocedor, ha descubierto una perla de gran valor. Él también ha decidido apostarlo todo por esta perla; hasta el punto de vender las otras.

Estas comparaciones ponen en evidencia dos características que conciernen a la posesión del Reino de Dios: la búsqueda y el sacrificio. Es verdad que el Reino de Dios se ofrece a todos, es un don, es un regalo, es una gracia. Pero no se pone a disposición en una bandeja de plata, exige un dinamismo: se trata de buscar, de caminar, molestarse.

La actitud de la búsqueda es la condición esencial para encontrar; el corazón tiene que arder de deseo de unirse al bien precioso, es decir al Reino de Dios que se hace presente en la persona de Jesús. Él es el tesoro escondido, Él es la perla de gran valor. Él es el descubrimiento fundamental, que puede dar una vuelta decisiva a nuestra vida, llenándola de sentido.

De cara a este descubrimiento inesperado, lo mismo el campesino como el comerciante se dán cuenta de que están de cara a una ocasión única y a no dejarla escapar, por eso venden todo lo que tienen. La evaluación del valor inestimable del tesoro conduce a una decisión que implica también sacrificio, desapego y renuncia.

Cuando el tesoro y la perla han sido descubiertos, es decir cuando hemos encontrado al Señor, es necesario no dejar estéril  este descubrimiento sino sacrificar por él cualquier otra cosa. No se trata de despreciar el resto sino de subordinarlo a Jesús poniéndolo a él en el primer lugar. La gracia en el primer lugar. El discípulo de Cristo no es alguien privado de lo esencial sino que es alguien que ha encontrado mucho más: ha encontrado la alegría plena que solo el Señor puede dar, es la alegría evangélica de los enfermos curados; de los pecadores perdonados; del ladròn al que se le abre la puerta del paraíso.

La alegría del Evangelio colma el corazón y la vida entera de quienes se  encuentran con Jesús. Aquellos que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría (cfr Evangelii Gaudium, n. 1).

Hoy somos exhortados a contemplar la alegría del campesino y del comerciante de las parábolas. Es la alegría de cada uno de nosotros  cuando descubrimos la cercanía y la presencia consoladora de Jesús en nuestra vida.

Una presencia que transforma el corazón y nos abre a las necesidades  y a la acogida de los hermanos, especialmente a los más débiles.

Oremos, por la intercesión de la Virgen María, para que cada uno de nosotros sepa testimoniar, con las palabras y gestos cotidianos, la alegría de haber encontrado el tesoro del Reino de Dios, es decir el amor que el Padre nos ha dado por Jesús.

 Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

Renovar el encuentro personal con Jesucristo

consolacion 126

Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!

(EVANGELII GAUDIUM- Papa Franacisco )

Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo- Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En Italia y en muchos países se celebran este domingo la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo – a menudo se utiliza el nombre latino Corpus Domini o Corpus Christi. Cada domingo la comunidad eclesial se reúne alrededor de la Eucaristía, sacramento instituido por Jesús en la última cena. Sin embargo, cada año tenemos la alegría de celebrar la fiesta dedicada a este misterio central de la fe, para expresar en plenitud nuestra adoración a Cristo que se dona como alimento y bebida de salvación.

El pasaje del Evangelio de hoy, tomado de San Juan, es una parte del discurso sobre el “pan de vida” (cf. 6,51-58). Jesús afirma: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. […] El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”(v. 51). Él quiere decir que el Padre lo envió al mundo como alimento de vida eterna, y que para ello Él se sacrificará a sí mismo, su carne. De hecho, Jesús, en la cruz, ha donado su cuerpo y ha derramado su sangre. El Hijo del hombre crucificado es el verdadero Cordero pascual, que hace salir de la esclavitud del pecado y sostiene en el camino hacia la tierra prometida. La Eucaristía es el sacramento de su carne dada para hacer vivir el mundo; quien se nutre de este alimento permanece en Jesús y vive por Él. Asimilar a Jesús significa estar en él, volviéndose hijos en el Hijo.

En la Eucaristía, Jesús, como lo hizo con los discípulos de Emaús, se pone a nuestro lado, peregrinos en la historia, para alimentar en nosotros la fe, la esperanza y la caridad; para confortarnos en las pruebas; para sostenernos en el compromiso por la justicia y la paz. Esta presencia solidaria del Hijo de Dios está en todas partes: en las ciudades y en el campo, en el Norte y Sur del mundo, en países de tradición cristiana y en los de primera evangelización. Y en la Eucaristía Él se ofrece a sí mismo como fuerza espiritual para ayudarnos a poner en práctica su mandamiento – amarnos los unos a otros como Él nos ha amado -, mediante la construcción de comunidades acogedoras y abiertas a las necesidades de todos, especialmente de las personas más frágiles, pobres y necesitadas.

Nutrirnos de Jesús Eucaristía significa también abandonarnos con confianza en Él y dejarnos guiar por Él. Se trata de recibir a Jesús en el lugar del propio “yo”. De este modo el amor gratuito recibido de Jesús en la comunión eucarística, con la obra del Espíritu Santo, alimenta el amor por Dios y por los hermanos y hermanas que encontramos en el camino de cada día. Nutridos por el Cuerpo de Cristo, nos volvemos cada vez más y concretamente, Cuerpo Místico de Cristo. Nos lo recuerda el Apóstol Pablo: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan».(1 Cor 10,16-17).

La Virgen María, que siempre ha estado unida a Jesús Pan de Vida, nos ayude a redescubrir la belleza de la Eucaristía, a nutrirnos de ella con fe, para vivir en comunión con Dios y con hermanos.

Ángelus domini…

Domingo de Pentecostés-homilía del Papa

Hoy concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo. Él es, en efecto, el Don pascual por excelencia. Es el Espíritu creador, que crea siempre cosas nuevas. En las lecturas de hoy se nos muestran dos novedades: en la primera lectura, el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo; en el Evangelio, crea en los discípulos un corazón nuevo.

Un pueblo nuevo. En el día de Pentecostés el Espíritu bajó del cielo en forma de «lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2, 3-4). La Palabra de Dios describe así la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal. En primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. A continuación, el mismo Espíritu realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía: «Reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí» (Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, XI, 11). De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

Para que se realice esto es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes. La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Entonces se escoge la parte, no el todo, el pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos «seguidores» partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de «derechas o de izquierdas» antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad. Sin embargo, de esta manera la unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo una homologación donde ya no hay libertad. Pero dice san Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17).

Nuestra oración al Espíritu Santo consiste entonces en pedir la gracia de aceptar su unidad, una mirada que abraza y ama, más allá de las preferencias personales, a su Iglesia, nuestra Iglesia; de trabajar por la unidad entre todos, de desterrar las murmuraciones que siembran cizaña y las envidias que envenenan, porque ser hombres y mujeres de la Iglesia significa ser hombres y mujeres de comunión; significa también pedir un corazón que sienta la Iglesia, madre nuestra y casa nuestra: la casa acogedora y abierta, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo.

Y llegamos entonces a la segunda novedad: un corazón nuevo. Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia.

El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías: esas precipitadas de quien juzga, las que no tienen salida propia del que cierra todas las puertas, las de sentido único de quien critica a los demás. El Espíritu en cambio nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que «ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están» (Isaac de Stella, Sermón 31). Pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

Pidámoslo al Espíritu Santo, fuego de amor que arde en la Iglesia y en nosotros, aunque a menudo lo cubrimos con las cenizas de nuestros pecados: «Ven Espíritu de Dios, Señor que estás en mi corazón y en el corazón de la Iglesia, tú que conduces a la Iglesia, moldeándola en la diversidad. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas. Amén».

El Papa Francisco a los participantes en la Vigilia de Pentecostés -Jubileo de Oro de la Renovación Carismática Católica Internacional

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo”.
Hechos de los Apóstoles 2, 1-5

Hermanos y hermanas:

Gracias por el testimonio que ustedes dan hoy aquí. Nos hace bien a todos, me hace bien a mí también.

Hoy estamos aquí como en un cenáculo pero a cielo abierto. Porque no tenemos miedo al cielo abierto. Y también con el corazón abierto a la promesa del Padre. Nos hemos reunido, todos nosotros creyentes, todos los que profesamos que Jesús es el Señor. Muchos han venido de diversas partes del mundo y el Espíritu Santo nos ha reunido para establecer los lazos de amistad fraterna que no dan fuerzas en el camino hacia la unidad. Unidad para la misión no para quedarnos quietos. ¡No!, ¡unidos para la misión de proclamar que Jesús es el Señor!

Para anunciar juntos el amor del Padre por todos sus hijos. Para anunciar la Buena Nueva a todos los pueblos, para demostrar que la Paz es posible.

No es fácil demostrar que la Paz en este mundo es posible, pero con el poder de Jesús podemos demostrarlo. Pero eso, es posible si entre nosotros también estamos en Paz. Si nosotros encendemos las diferencias y estamos en guerra entre nosotros no podemos anunciar la Paz. La Paz es posible a partir de nuestra confesión de que Jesús es el Señor. Es el Espíritu Santo el que crea unidad entre nosotros.

La venida del Espíritu Santo transforma hombres cerrados a causa del miedo en testimonios valientes de Jesús. Pedro, que renegó a Jesús tres veces, lleno de la fuerza del Espíritu Santo proclama para que sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido en Señor a aquel Jesús que crucificaron. Y esta es la profesión de fe de cada cristiano: Dios ha constituido la Señoría de Jesús.

Hoy, hemos elegido reunirnos aquí en este lugar, porque aquí durante las persecuciones fueron martirizados muchos cristianos para el divertimento de aquellos que lo veían. Hoy hay más mártires que antes. Quienes matan a los cristianos lo hacen sin ninguna distinción. Es el Ecumenismo de la Sangre, de tantos mártires.

Hoy es más urgente que nunca la unidad entre los cristianos. Caminar juntos, trabajar juntos. Amarse. Y juntos buscar explicar nuestras diferencias, ponernos de acuerdo, pero en camino. Si permanecemos quietos sin caminar, nunca nos pondremos de acuerdo. Porque el Espíritu nos quiere en camino.

50 años de la Renovación del Movimiento Carismático Católico. Una corriente de gracia del Espíritu. ¿Y por qué de gracia? Porque no tiene fundador, ni estatutos, ni gobierno. Claramente, en esta corriente han nacido muchas expresiones que ciertamente son obras humanas inspiradas por el Espíritu, con varios carismas y todos al servicio de la Iglesia. Pero a la corriente no se le puede poner un “dique”, ni encerrar al Espíritu Santo en una jaula.

Alegría y coraje. Eso da el Espíritu Santo. El cristiano… o experimenta la alegría del Espíritu de Dios en su corazón o hay algo que no funciona bien.

Queridos hermanos y hermanas, les deseo un tiempo de reflexión, de memoria de los orígenes. Un tiempo para sacar de las espaldas todas aquellas cosas que hemos ido añadiendo con nuestro “yo”, y transformarlo en escucha y en alegre acogida del Espíritu Santo que actúa dónde y cómo quiere.

Agradezco a todos por la organización de este Jubileo de Oro, por esta vigilia y agradezco a cada uno de los voluntarios que lo han hecho posible, mucho de los cuales se encuentran aquí. También saludo a los jóvenes de tantas partes del mundo.

Gracias Renovación Carismática católica por todo lo que han dado a la Iglesia en estos 50 años. La Iglesia cuenta con ustedes, con su fidelidad a la Palabra, su disponibilidad al servicio, y los testimonios de vidas transformadas por el Espíritu Santo. Gracias.