Papa Francisco- María, Madre de la esperanza

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha atravesado más de una noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura emerge como si fuera el personaje de un drama. No era simplemente responder con un “si” a la invitación del ángel: sin embargo ella, mujer todavía en la flor de la juventud, responde con valentía, no obstante no sabía nada del destino que le esperaba. María en aquel instante se presenta como una de las tantas madres de nuestro mundo, valerosa hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.

Aquel “si” es el primer paso de una larga lista de obediencias – ¡larga lista de obediencias! – que acompañaran su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que muchas veces no comprende todo aquello que sucede a su alrededor, pero que medita cada palabra y cada suceso en su corazón.

En esta disposición hay fragmento bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil. Es en cambio una mujer que escucha: no se olviden que hay siempre una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha, que acoge la existencia así como esa se presenta a nosotros, con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás quisiéramos haber encontrado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo es clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María había casi desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dejan entrever este lento eclipsarse de su presencia, la suya permanece muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece justamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos han desaparecido por motivo del miedo. Las madres no traicionan, y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los Evangelios son lacónicos, y extremamente discretos. Registran con un simple verbo la presencia de la Madre: ella “estaba” (Jn 19,25). Ella estaba. No dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habrían luego lanzado la imaginación de los poetas y de los pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: ella “estaba”. Estaba allí, en el momento más feo, en momento cruel, y sufría con su hijo. “Estaba”.

María “estaba”, simplemente estaba ahí. Estaba ahí nuevamente la joven mujer de Nazaret, ya con los cabellos canosos por el pasar de los años, todavía luchando con un Dios que debe ser sólo abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más densa. María “estaba” en la oscuridad más densa, pero “estaba”. No se había ido. María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida en un lugar de neblina y tinieblas. Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba en aquel instante abriendo para todos nosotros los hombres: está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamada sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión. Los sufrimientos de las madres… todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han llevado adelante tantos sufrimientos de sus hijos…

La reencontraremos el primer día de la Iglesia, ella, Madre de esperanza, en medio a aquella comunidad de discípulos así tan frágiles: uno había negado, muchos habían huido, todos habían tenido miedo (Cfr. Hech 1,14). Pero ella, simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera del todo natural: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también por las vacilaciones de los primeros pasos que debía cumplir en el mundo.

Por esto todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido: ella siempre confiando en el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo. En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza. Gracias.

Pope Francis-to Mary Mother of Hope

Speaker: Dear Brothers and Sisters: In our continuing catechesis on Christian hope, we now turn to Mary, Mother of Hope. Our Lady’s experience of motherhood models that of so many mothers in our world. Hers is a witness of courage in accepting her vocation and welcoming the new life entrusted to her. It is also a witness of quiet yet trusting obedience to God’s will amid the trials of life. The Gospels speak of a certain “eclipse” of Mary during the public ministry of Jesus. She follows her Son in silence, yet in his passion, when most of the disciples flee, she remains with him to the very end. The image of Mary standing at the foot of the cross and grieving the death of her innocent Son has inspired artists of every age to present her as a model of persevering hope in God’s promises. That hope was the fruit of a life of prayer and daily effort to be conformed to God’s will, and was fulfilled in Jesus’ rising to new life. As Mother of Hope, may Our Lady remain at our side, sustain us by her prayers and guide our steps as we seek to follow her Son every day of our lives.

Speaker: I greet the English-speaking pilgrims and visitors taking part in today’s Audience, particularly the groups from England, Scotland, Wales, Ireland, Finland, Mainland China, Indonesia, Taiwan, India, the Philippines, Canada and the United States of America. In the joy of the Risen Christ, I invoke upon you and your families the loving mercy of God our Father. May the Lord bless you all!

AÑO JUBILAR DE FÁTIMA

 

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AÑO JUBILAR DE FÁTIMA
Concesión de Indulgencia Plenaria
Con el fin de celebrar dignamente el centésimo aniversario de las Apariciones de Fátima, por mandato del Papa Francisco se concede, con la inherente indulgencia plenaria, un Año Jubilar, desde el día 27 de noviembre de 2016 hasta el día 26 de noviembre de 2017.
La indulgencia plenaria del jubileo se concede:
a) a los fieles que visiten en peregrinación el Santuario de Fátima y participen allí devotamente en alguna celebración u oración en honor
a la Virgen María, recen la oración del Padrenuestro, reciten el símbolo de la fe (Credo) e invoquen a Nuestra Señora de Fátima;
b) a los fieles piadosos que visiten con devoción una imagen de Nuestra Señora de Fátima expuesta solemnemente a la veneración
pública en cualquier templo, oratorio o lugar
adecuado, en los días del aniversario de las apariciones (día 13 de cada mes desde mayo a octubre de 2017), y ahí participen devotamente en alguna celebración u oración en honor a la Virgen María, recen la ora
ción del Padrenuestro, reciten el símbolo de la fe (Credo) e invoquen a Nuestra Señora de Fátima;
c) a los fieles que, por edad, enfermedad u otra causa grave, estén impedidos de desplazarse,
si, arrepentidos de todos sus pecados y teniendo la firme intenc
ión de realizar, tan pronto
como le sea posible, las tres condiciones abajo indicadas, frente a una pequeña imagen de Nuestra Señora de Fátima, en los días de las apariciones se unan espiritualmente a las
celebraciones jubilares, ofreciendo con confianza a
Dios misericordioso a través de María sus preces y dolores, o los sacrificios de su propia vida.
Para obtener la indulgencia plenaria, los fieles, verdaderamente penitentes y animados de caridad, deben cumplir ritualmente las siguientes condiciones: confesión sacramental,
comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre.

Pope Francis on Sunday of the Good Shepherd

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Gospel

John 10:1-10
1 “Truly, truly, I say to you, he who does not enter the sheepfold by the door but climbs in by another way, that man is a thief and a robber;
2 but he who enters by the door is the shepherd of the sheep.
3 To him the gatekeeper opens; the sheep hear his voice, and he calls his own sheep by name and leads them out.
4 When he has brought out all his own, he goes before them, and the sheep follow him, for they know his voice.
5 A stranger they will not follow, but they will flee from him, for they do not know the voice of strangers.”
6 This figure Jesus used with them, but they did not understand what he was saying to them.
7 So Jesus again said to them, “Truly, truly, I say to you, I am the door of the sheep.
8 All who came before me are thieves and robbers; but the sheep did not heed them.
9 I am the door; if any one enters by me, he will be saved, and will go in and out and find pasture.
10 The thief comes only to steal and kill and destroy; I came that they may have life, and have it abundantly.”

 Reflecting on the image of the Good Shepherd, Pope Francis said his is the only voice that leads us to safety and friendship with God, and cautioned against the false wisdom of those who confuse and deter us from this path.

“It is not always easy to distinguish the voice of the Good Shepherd. There is always the danger of the thief, the robber and the false shepherd,” the Pope said May 7.

“There is always the risk of being distracted by the clamor of many other voices,” he said, and invited faithful “to not allow ourselves to be diverted by the false wisdoms of this world, but to follow Jesus, the Risen one, as the only sure guide that gives meaning to our lives.”

 

Francis spoke to pilgrims during his Sunday Regina Coeli address, which coincided with the World Day of Prayer for Vocations. Shortly before leading pilgrims in the traditional Marian prayer, he presided over Mass in St. Peter’s Basilica, where he ordained 10 men to the priesthood.

In his address, the Pope pointed to the day’s Gospel reading from John, which recounts the parable of the Good Shepherd. He said the passage gives us two images: the image of the shepherd, and the image of the gate to the fold of sheep.

“The flock, which is all of us, has as a home a fold that gives refuge, where the sheep abide and rest after the fatigue of the journey,” the Pope said, noting that there are two people in the passage who try to draw near to the flock.

One of these people is the shepherd, and the second is a stranger, “who does not love the sheep,” Francis said, explaining that Jesus identifies with the shepherd, “and shows a relationship of familiarity with the sheep.”

This familiarity is expressed through his voice, “with which he calls them and it is recognized and followed,” taking them the “grassy meadows” where they find the nourishment they need, he said.

When Jesus says “‘I am the gate. Whoever enters through me will be saved,’” he is telling the disciples that they will have life and have it in abundance, the Pope said, noting that Christ, the Good Shepherd, “became the door of salvation for humanity, because he offered his life for his sheep.”

“Jesus, the good shepherd and gate for the sheep, is a leader whose authority is expressed through service, a leader who to command gives his life and doesn’t ask others to sacrifice it,” he said.

 

“In a leader such as this one can trust, like the sheep who listened to the voice of their shepherd because they know that with him they go to good and abundant pastures,” he said, noting that one signal is all that’s needed and the sheep follow.

They follow the shepherd, “they obey, they walk guided by the voice of him who they feel is a friendly, strong and sweet presence, who guides, protects, consoles and heals,” the Pope said, adding that “this is Christ for us.”

While we might at times feel “a bit in the dark” when it comes to the spiritual and affective dimension of Christian life, Pope Francis cautioned against the temptation to “rationalize the faith too much.”

By doing this, we “risk losing the perception of the stamp of that voice, the voice of Jesus the Good Shepherd, who stimulates and fascinates,” he said, explaining that for Jesus, we are never strangers, but “friends and brothers.

He closed his address asking Mary to accompany the 10 new priests he ordained, and asked her to sustain “the many who are called by him, so that they are ready and generous in following his voice.”

Papa Francisco-En el domingo del Buen Pastor

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este domingo (Cfr. Jn 10, 1-10), llamado “el domingo del Buen Pastor”, Jesús se presenta con dos imágenes que se completan recíprocamente. La imagen del Pastor y la imagen de la Puerta del corral de las ovejas. El rebaño, que somos todos nosotros, tiene como habitación un corral que sirve de refugio, donde las ovejas viven y descansan después de las fatigas del camino. Y el corral tiene un recinto con una puerta, donde hay un guardián. Al rebaño se acercan diversas personas: está quien entra en el recinto pasando por la puerta y quien “entra por otro lado” (v. 1).

El primero es el pastor, el segundo un extraño, que no ama a las ovejas, quiere entrar por otros intereses. Jesús se identifica con el primero y manifiesta una relación de familiaridad con las ovejas, expresada a través de la voz, con la que las llama, y que ellas reconocen y siguen (Cfr. v. 3). Él las llama para conducirlas afuera, a los prados herbosos donde encuentran buen sustento.

La segunda imagen con Jesús se presenta es la de la “puerta de las ovejas” (v. 7). En efecto dice: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará” (v. 9), es decir, tendrá la vida y la tendrá en abundancia (Cfr. v. 10). Cristo, Buen Pastor, se ha convertido en la puerta de la salvación de la humanidad, porque ha ofrecido la vida por sus ovejas.

Jesús, pastor bueno y puerta de las ovejas, es un jefe cuya autoridad se expresa en el servicio, un jefe que para gobernar da la vida y no pide a otros que la sacrifiquen. De un jefe así nos podemos fiar, como las ovejas que escuchan la voz de su pastor porque saben que con Él se va a prados buenos y abundantes. Basta una señal, una llamada y ellas lo siguen, obedecen, se encaminan guiadas por la voz de aquel que sienten como una presencia amiga, fuerte y dulce al mismo tiempo, que dirige, protege, consuela y cura.

Así es Cristo para nosotros. Hay una dimensión de la experiencia cristiana que tal vez dejamos un poco en la sombra: la dimensión espiritual y afectiva. El hecho de sentirnos unidos al Señor por un vínculo especial, como las ovejas a su pastor. A veces racionalizamos demasiado la fe y corremos el riesgo de perder la percepción del timbre de aquella voz, de la voz de Jesús Buen Pastor, que anima y fascina. Como les sucedió a los dos discípulos de Emaús, a los que les ardía el corazón mientras el Resucitado hablaba a lo largo del camino.

Es la experiencia maravillosa de sentirse amados por Jesús. Pregúntense: ¿Yo me siento amado por Jesús? ¿Yo me siento amada por Jesús? Para Él jamás somos extraños, sino amigos y hermanos. Y sin embargo, no siempre es fácil distinguir la voz del Pastor Bueno. Estén atentos. Siempre existe el riesgo de estar distraídos por el bullicio de tantas otras voces. Hoy estamos invitados a no dejarnos distraer por las falsas sabidurías de este mundo, sino a seguir a Jesús, el Resucitado, como único guía seguro que da sentido a nuestra vida.

En esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones – en especial por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor nos envíe buenos pastores – invocamos a la Virgen María: Que Ella acompañe a los diez nuevos sacerdotes a quienes he ordenado hace poco. He pedido a cuatro de ellos, de la diócesis de Roma, que se asomaran para dar la bendición junto a mí. Que la Virgen  sostenga con su ayuda a cuantos están llamados por Él, a fin de que estén listos y sean generosos para seguir su voz.

Mayo mes de Maria-Oracion de San Juan Pablo II

 

Oh Virgen santísima
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.

Contigo damos gracias a Dios,
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.

Virgen del Magnificat,
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.

Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.

En tu corazón de madre
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.

Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.

Tú que junto a los Apóstoles
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.

Virgen Madre,
guíanos y sostennos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.

Amén.

May month of Mary-Prayer of St. John Paul II

O Most Blessed Virgin Mary,
Mother of Christ and Mother of the Church, With joy and wonder we seek to make our own your Magnificat, joining you in your hymn of thankfulness and love.

With you we give thanks to God,
“whose mercy
is from generation to generation”,
for the exalted vocation
and the many forms of mission
entrusted to the lay faithful.
God has called each of them by name
to live his own communion of love
and holiness
and to be one
in the great family of God’s children.
He has sent them forth
to shine with the light of Christ
and to communicate the fire of the Spirit
in every part of society
through their life
inspired by the gospel.
O Virgin of the Magnificat,
fill their hearts
with a gratitude and enthusiasm
for this vocation and mission.
With humility and magnanimity
you were the “handmaid of the Lord”;
give us your unreserved willingness
for service to God
and the salvation of the world.
Open our hearts
to the great anticipation
of the Kingdom of God
and of the proclamation of the Gospel
to the whole of creation.
Your mother’s heart
is ever mindful of the many dangers
and evils which threaten
to overpower men and women
in our time.
At the same time your heart also takes notice
of the many initiatives
undertaken for good,
the great yearning for values,
and the progress achieved
in bringing forth
the abundant fruits of salvation.
O Virgin full of courage,
may your spiritual strength
and trust in God inspire us,
so that we might know
how to overcome all the obstacles
that we encounter
in accomplishing our mission.
Teach us to treat the affairs
of the world
with a real sense of Christian responsibility
and a joyful hope
of the coming of God’s Kingdom, and
of a “new heaven and a new earth”.
You who were gathered in prayer
with the Apostles in the Cenacle,
awaiting the coming
of the Spirit at Pentecost,
implore his renewed outpouring
on all the faithful, men and women alike,
so that they might more fully respond
to their vocation and mission,
as branches engrafted to the true vine,
called to bear much fruit
for the life of the world.
O Virgin Mother,
guide and sustain us
so that we might always live
as true sons and daughters
of the Church of your Son.
Enable us to do our part
in helping to establish on earth
the civilization of truth and love,
as God wills it,
for his glory.

Amen

POPE FRANCIS

Prayer to Mary, Mother of silence*

 

Mother of silence, who watches over the mystery of God,
Save us from the idolatry of the present time, to which those who forget are condemned.
Purify the eyes of Pastors with the eye-wash of memory:
Take us back to the freshness of the origins, for a prayerful, penitent Church.

Mother of the beauty that blossoms from faithfulness to daily work,
Lift us from the torpor of laziness, pettiness, and defeatism.
Clothe Pastors in the compassion that unifies, that makes whole; let us discover the joy of a humble, brotherly, serving Church.

Mother of tenderness who envelops us in patience and mercy,
Help us burn away the sadness, impatience and rigidity of those who do not know what it means to belong.
Intercede with your Son to obtain that our hands, our feet, our hearts be agile: let us build the Church with the Truth of love.
Mother, we shall be the People of God, pilgrims bound for the Kingdom. Amen.

Mayo mes de Maria

Oración a María, Madre del silencio, de la belleza, de la ternura

 

Madre del silencio, que custodia el misterio de Dios,
líbranos de la idolatría del presente, a la que se condena quien olvida.
Purifica los ojos de los Pastores con el colirio de la memoria: volveremos a la lozanía de los orígenes, por una Iglesia orante y penitente.

Madre de la belleza, que florece de la fidelidad al trabajo cotidiano,
despiértanos del torpor de la pereza, de la mezquindad y del derrotismo.
Reviste a los Pastores de esa compasión que unifica e integra: descubriremos la alegría de una Iglesia sierva, humilde y fraterna.

Madre de la ternura, que envuelve de paciencia y de misericordia,
ayúdanos a quemar tristezas, impaciencias y rigidez de quien no conoce pertenencia.

Intercede ante tu Hijo para que sean ágiles nuestras manos, nuestros pies y nuestro corazón: edificaremos la Iglesia con la verdad en la caridad.

Madre, seremos el Pueblo de Dios, peregrino hacia el Reino. Amén.

Homilía del Papa Francisco durante la celebración de la Santa Misa celebrada en Estadio Air Defence de El Cairo:

Hoy, III domingo de Pascua, el Evangelio nos habla del camino que hicieron los dos discípulos de Emaús tras salir de Jerusalén. Un Evangelio que se puede resumir en tres palabras: muerte, resurrección y vida.

Muerte: los dos discípulos regresan a sus quehaceres cotidianos, llenos de desilusión y desesperación. El Maestro ha muerto y por tanto es inútil esperar. Estaban desorientados, confundidos y desilusionados. Su camino es un volver atrás; es alejarse de la dolorosa experiencia del Crucificado. La crisis de la Cruz, más bien el «escándalo» y la «necedad» de la Cruz (cf. 1 Co 1,18; 2,2), ha terminado por sepultar toda esperanza. Aquel sobre el que habían construido su existencia ha muerto y, derrotado, se ha llevado consigo a la tumba todas sus aspiraciones.

No podían creer que el Maestro y el Salvador que había resucitado a los muertos y curado a los enfermos pudiera terminar clavado en la cruz de la vergüenza. No podían comprender por qué Dios Omnipotente no lo salvó de una muerte tan infame. La cruz de Cristo era la cruz de sus ideas sobre Dios; la muerte de Cristo era la muerte de todo lo que ellos pensaban que era Dios. De hecho, los muertos en el sepulcro de la estrechez de su entendimiento.

Cuantas veces el hombre se auto paraliza, negándose a superar su idea de Dios, de un dios creado a imagen y semejanza del hombre; cuantas veces se desespera, negándose a creer que la omnipotencia de Dios no es la omnipotencia de la fuerza o de la autoridad, sino solamente la omnipotencia del amor, del perdón y de la vida.

Los discípulos reconocieron a Jesús «al partir el pan», en la Eucarística. Si nosotros no quitamos el velo que oscurece nuestros ojos, si no rompemos la dureza de nuestro corazón y de nuestros prejuicios nunca podremos reconocer el rostro de Dios.

Resurrección: en la oscuridad de la noche más negra, en la desesperación más angustiosa, Jesús se acerca a los dos discípulos y los acompaña en su camino para que descubran que él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Jesús trasforma su desesperación en vida, porque cuando se desvanece la esperanza humana comienza a brillar la divina: «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18,27; cf. 1,37). Cuando el hombre toca fondo en su experiencia de fracaso y de incapacidad, cuando se despoja de la ilusión de ser el mejor, de ser autosuficiente, de ser el centro del mundo, Dios le tiende la mano para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su muerte en resurrección, su camino de regreso en retorno a Jerusalén, es decir en retorno a la vida y a la victoria de la Cruz (cf. Hb 11,34).

Los dos discípulos, de hecho, luego de haber encontrado al Resucitado, regresan llenos de alegría, confianza y entusiasmo, listos para dar testimonio. El Resucitado los ha hecho resurgir de la tumba de su incredulidad y aflicción. Encontrando al Crucificado-Resucitado han hallado la explicación y el cumplimiento de las Escrituras, de la Ley y de los Profetas; han encontrado el sentido de la aparente derrota de la Cruz.

Quien no pasa a través de la experiencia de la cruz, hasta llegar a la Verdad de la resurrección, se condena a sí mismo a la desesperación. De hecho, no podemos encontrar a Dios sin crucificar primero nuestra pobre concepción de un dios que sólo refleja nuestro modo de comprender la omnipotencia y el poder.

Vida: el encuentro con Jesús resucitado ha transformado la vida de los dos discípulos, porque el encuentro con el Resucitado transforma la vida entera y hace fecunda cualquier esterilidad (cf. Benedicto XVI, Audiencia General, 11 abril 2007). En efecto, la Resurrección no es una fe que nace de la Iglesia, sino que es la Iglesia la que nace de la fe en la Resurrección. Dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Co 15,14).

El Resucitado desaparece de su vista, para enseñarnos que no podemos retener a Jesús en su visibilidad histórica: «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,29 y cf. 20,17). La Iglesia debe saber y creer que él está vivo en ella y que la vivifica con la Eucaristía, con la Escritura y con los Sacramentos. Los discípulos de Emaús comprendieron esto y regresaron a Jerusalén para compartir con los otros su experiencia. «Hemos visto al Señor […]. Sí, en verdad ha resucitado» (cf. Lc 24,32).

La experiencia de los discípulos de Emaús nos enseña que de nada sirve llenar de gente los lugares de culto si nuestros corazones están vacíos del temor de Dios y de su presencia; de nada sirve rezar si nuestra oración que se dirige a Dios no se transforma en amor hacia el hermano; de nada sirve tanta religiosidad si no está animada al menos por igual fe y caridad; de nada sirve cuidar las apariencias, porque Dios mira el alma y el corazón (cf. 1 S 16,7) y detesta la hipocresía (cf. Lc 11,37-54; Hch 5,3-4).[1] Para Dios, es mejor no creer que ser un falso creyente, un hipócrita.

La verdadera fe es la que nos hace más caritativos, más misericordiosos, más honestos y más humanos; es la que anima los corazones para llevarlos a amar a todos gratuitamente, sin distinción y sin preferencias, es la que nos hace ver al otro no como a un enemigo para derrotar, sino como a un hermano para amar, servir y ayudar; es la que nos lleva a difundir, a defender y a vivir la cultura del encuentro, del diálogo, del respeto y de la fraternidad; nos da la valentía de perdonar a quien nos ha ofendido, de ayudar a quien ha caído; a vestir al desnudo; a dar de comer al que tiene hambre, a visitar al encarcelado; a ayudar a los huérfanos; a dar de beber al sediento; a socorrer a los ancianos y a los necesitados (cf. Mt 25,31-45). La verdadera fe es la que nos lleva a proteger los derechos de los demás, con la misma fuerza y con el mismo entusiasmo con el que defendemos los nuestros. En realidad, cuanto más se crece en la fe y más se conoce, más se crece en la humildad y en la conciencia de ser pequeño.

Queridos hermanos y hermanas:

A Dios sólo le agrada la fe profesada con la vida, porque el único extremismo que se permite a los creyentes es el de la caridad. Cualquier otro extremismo no viene de Dios y no le agrada.

Ahora, como los discípulos de Emaús, regresad a vuestra Jerusalén, es decir, a vuestra vida cotidiana, a vuestras familias, a vuestro trabajo y a vuestra patria llenos de alegría, de valentía y de fe. No tengáis miedo a abrir vuestro corazón a la luz del Resucitado y dejad que él transforme vuestras incertidumbres en fuerza positiva para vosotros y para los demás. No tengáis miedo a amar a todos, amigos y enemigos, porque el amor es la fuerza y el tesoro del creyente.

La Virgen María y la Sagrada Familia, que vivieron en esta bendita tierra, iluminen nuestros corazones y os bendigan a vosotros y al amado Egipto que, en los albores del cristianismo, acogió la evangelización de san Marcos y ha dado a lo largo de la historia numerosos mártires y una gran multitud de santos y santas.