“Open obstacles are healthy” – the Pope said – “in the sense that they are open to the grace of conversion”.

 

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The most ‘dangerous’ obstacles according to Francis are the hidden ones because they do not show themselves. Each of us, he said, have our own way of resisting grace but we must recognize it and allow the Lord to purify us. It’s the type of obstacle that Stephen accused the Doctors of Law of concealing whilst they wanted to appear as though they were in search of the glory of God. An accusation – the Pope said – that cost Stephen his life:
“We all have hidden obstacles; we must ask ourselves what is their nature. They always surface to stop a process of conversion. Always!”

But, the Pope said,  in these cases we must passively and silently allow the process of change to take place.

“Think of when there is a process of change in an institution or in a family. I hear you say: ‘But, there are obstacles… (…) Those kinds of obstacles are put there by the devil, to stop the Lord from going ahead.”

Francis then spoke of three types of hidden obstacles:

The obstacle of ‘empty words’ which he illustrated with the example provided by the Gospel reading of the day which reads “Not everyone who says to me, ‘Lord, Lord,’ will enter the Kingdom of heaven;” and by the Parable of the two sons sent by their father to work in the vineyard: the first says ‘no’ and then goes ahead and does the work, while the other says ‘yes’ and then doesn’t go:

“Saying yes, yes, diplomatically; but then it is ‘no, no, no’. So many words” he said.

Saying yes – the Pope continued – so as not change anything is the ‘resistance of empty words.’

And then, he said, there is the “obstacle of words that justify”: that’s when a person constantly justifies himself – he always finds a reason to oppose.

Too many excuses the Pope said do not exude the good “aroma of God”, but the “bad stink of the devil”.

He said a Christian has no need to justify himself: “He is justified by the Word of God”. This kind of resistance he explained is a resistance of words which I use “to attempt to justify my position when I do not follow what the Lord is indicating”.

And then, he said, there’s the obstacle of “accusatory words”: when we accuse others so as not to look to ourselves. In this case too we are ‘resisting’ conversion and grace as illustrated by the Parable of the Pharisee and the publican.

So, Pope Francis concluded, there are not only the great historical actions of resistance as for example the Maginot Line or other such events, but those that “are inside our hearts every day.”

He said the resistance to grace is a good sign “because it shows that the Lord is working in us” and he invited us to make the obstacles fall in order to allow grace in.

Wherever the Lord is there is a cross, the Pope said, be it a small one or a large one, and it is resistance to the Cross, to the Lord, that ultimately brings redemption. So, when there are obstacles we must not be afraid but ask for the Lord’s help and acknowledge that we are all sinners.

 

(from Vatican Radio)

Hoy recordamos al Beato Carlos de Foucauld-100 años- 1-Dic-2016

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“La fe es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el deseo de la estima de los hombres. Para creer, es necesario humillarse”, decía el Beato Carlos de Foucauld, quien pasó de ser un aristócrata francés y militar mujeriego a un claro modelo de santidad.

Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo, Francia, en una familia aristocrática en 1858. A los seis años quedó huérfano y junto con su hermana fueron criados por su abuelo. Más adelante estudió con los jesuitas en Nancy y París.

Ingresó al servicio militar, pero años después fue dado de baja por mala conducta y se marchó con su amante. Por aquel tiempo se produjo una revuelta y Carlos volvió al ejército. Cuando todo acabó, renunció a su puesto para estudiar árabe y hebreo.

En 1883, haciéndose pasar por judío, realizó una expedición por el desierto de Marruecos, hizo mapas de los oasis y recibió la medalla de oro de la Sociedad Francesa de Geografía. Asimismo exploró Argelia y parte de Túnez.

En 1886 tuvo una experiencia profunda de conversión. Le impactó la vida entre los seguidores del Islam y el ver que aquellas personas se tomaban muy en serio su religión. En cambio, él había tenido una historia de derroche de dinero y en aventuras.

Con la ayuda de un sacerdote y después de una sincera confesión, optó por una vida más austera, durmiendo en el piso y orando por horas. Peregrinó hasta Tierra Santa y pasó por muchos retiros espirituales.

Con el tiempo ingresó al monasterio Notre Dames-des-Neiges de los monjes trapenses y tomó el nombre de Marie-Alberic.

Fue enviado al Monasterio de Akbes en Siria y luego a estudiar a Roma. Sin embargo, optó por retirarse de los trapenses ya que los pueblos africanos alejados de la fe estaban constantemente en sus pensamientos.

Volvió de peregrino a Tierra Santa y retornó a Francia. Tras estudiar un tiempo para el sacerdocio, fue ordenado en 1901.

Ya como sacerdote se fue a vivir cerca de Marruecos con la intención de anunciar el Evangelio. Comenzó a comprar esclavos para liberarlos y evangelizaba en la tribu nómada de los Tauregs.

Escribió varios libros sobre ellos y tradujo los Evangelios a su lengua. Logró establecerse en el corazón del desierto del Sahara en Tamanrasset (Hoggar, Argelia).

En 1909 fundó la Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón con la misión de evangelizar las colonias francesas de África. Los bereberes, personas pertenecientes a etnias al norte de África, decían que su bondad producía sentimientos amistosos hacia los franceses.

Sin embargo, el 1 de diciembre de 1916, el Beato Carlos de Foucauld murió en la puerta de su ermita por un disparo de fusil debido a una revuelta antifrancesa de los bereberes de Hoggar.

“Creo necesario morir como mártir, despojado de todo, tendido en el suelo, desnudo, cubierto de heridas y de sangre, de forma violenta y con una muerte dolorosa”, expresó en una ocasión, como presintiendo su muerte.

(ACI Prensa)

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Hoy comienza la Novena a la Inmaculada Concepcion de Maria

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Novena a la Inmaculada Concepcion de Maria

(De ACI Prensa)

Oración preparatoria

Dios te salve, María, llena de gracia y bendita más que todas las mujeres, Virgen singular, Virgen soberana y perfecta, elegida para Madre de Dios y preservada por ello de toda culpa desde el primer instante de tu Concepción; así como por Eva nos vino la muerte, así nos viene la vida por ti, que, por la gracia de Dios, has sido elegida para ser madre del nuevo pueblo que Jesucristo ha formado con su sangre.

A ti, purísima Madre, restauradora del caído linaje de Adán y Eva, venimos confiados y suplicantes en esta Novena, para rogarte nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado. Acuérdate, Virgen Santísima, que fuiste hecha Madre de Dios, no sólo para tu dignidad y gloria, sino también para salvación nuestra y provecho de todo el género humano. Acuérdate que jamás se ha oído decir que uno solo de cuantos han acudido a tu protección e implorado tu socorro haya sido desamparado.

No me dejes pues a mí tampoco, porque si no, me perderé; que yo tampoco quiero dejarte a ti, antes bien cada día quiero crecer más en tu verdadera devoción. Y alcánzame principalmente estas tres gracias: la primera, no cometer jamás pecado mortal; la segunda, un gran aprecio de la virtud, y la tercera, una buena muerte. Además dame la gracia particular que te pido en esta Novena, si es para mayor gloria de Dios, tuya y bien de mi alma.

Lectura bíblica (Gn. 3, 9 – 15)

Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”, Este contestó: “Te oí caminar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo: por eso me escondí”. Dios le replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? Acaso comiste del árbol del que te prohibí comer?” Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dió del árbol y comí”. Dios le dijo entonces a la mujer: “Por qué lo hiciste?”. Contestó la mujer: “La serpiente me engañó y comí”. Entonces Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, serás maldita entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Caminarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaJe y su linaJe: él aplastará tu cabeza, mientras tu le atacarás el talón”. PALABRA DE DIOS.

Consideración

Consideremos cómo Eva fue desobediente. Su desobediencia fue causa de muerte para sí misma y para toda la raza humana. Al contrario, María Santísima, por su obediencia a la Palabra de Dios, se convirtió en causa de salvación para sí como para todo el género humano. Sucedió, pues, que el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Porque lo que Eva había fuertemente ligado con su incredulidad, la Virgen María la libertó por su fe.

Procuremos imitar la fe y la obediencia de la Santísima Virgen María, para que, como Ella, seamos colaboradores en la obra salvadora de Jesucristo.

Oración para el primer día

¡Oh Santísimo Hijo de María Inmaculada y benignísimo redentor nuestro! Así como preservaste a María del pecado original en su Inmaculada Concepción y a nosotros nos hiciste el gran beneficio de libramos de él por medio de tu santo Bautismo, así te rogamos humildemente nos concedas la gracia de portarnos siempre como buenos cristianos, regenerados en Ti. Amén.

(Aquí se hace la petición de la novena y se puede rezar el Santo Rosario)

Letanías a la Virgen

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios, Padre celestial,
ten piedad de nosotros.
Dios, Hijo, Redentor del mundo,
Dios, Espíritu Santo,
Santísima Trinidad, un solo Dios,
Santa María,
ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios,
Santa Virgen de las Vírgenes,
Madre de Cristo,
Madre de la Iglesia,
Madre de la divina gracia,
Madre purísima,
Madre castísima,
Madre siempre virgen,
Madre inmaculada,
Madre amable,
Madre admirable,
Madre del buen consejo,
Madre del Creador,
Madre del Salvador,
Madre de misericordia,
Virgen prudentísima,
Virgen digna de veneración,
Virgen digna de alabanza,
Virgen poderosa,
Virgen clemente,
Virgen fiel,
Espejo de justicia,
Trono de la sabiduría,
Causa de nuestra alegría,
Vaso espiritual,
Vaso digno de honor,
Vaso de insigne devoción,
Rosa mística,
Torre de David,
Torre de marfil,
Casa de oro,
Arca de la Alianza,
Puerta del cielo,
Estrella de la mañana,
Salud de los enfermos,
Refugio de los pecadores,
Consoladora de los afligidos,
Auxilio de los cristianos,
Reina de los Ángeles,
Reina de los Patriarcas,
Reina de los Profetas,
Reina de los Apóstoles,
Reina de los Mártires,
Reina de los Confesores,
Reina de las Vírgenes,
Reina de todos los Santos,
Reina concebida sin pecado original,
Reina asunta a los Cielos,
Reina del Santísimo Rosario,
Reina de la familia,
Reina de la paz.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten misericordia de nosotros.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

Oración:

Te rogamos nos concedas,
Señor Dios nuestro,
gozar de continua salud de alma y cuerpo,
y por la gloriosa intercesión
de la bienaventurada siempre Virgen María,
vernos libres de las tristezas de la vida presente
y disfrutar de las alegrías eternas.
Por Cristo nuestro Señor.

Amén.

Oración final

Bendita sea tu pureza
Y eternamente lo sea,
Pues todo un Dios se recrea
En tan graciosa belleza.
A ti, celestial Princesa,
Virgen sagrada María,
Te ofrezco en este día
Alma, vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
¡No me dejes, madre mía! Así sea.

“The humility of the childlike is that of somebody who walks in the presence of the Lord”

teresa-273Taking his inspiration from the day’s readings the Pope’s homily was a reflection on how God reveals himself to the humble and childlike rather than the wise and learned as recounted in the gospel of Luke. He noted that the day’s first reading from the book of Isaiah is also full of references to little things such as the small shoot that “shall sprout from the stump of Jesse” rather than an army that will bring about liberation. Pope Francis went on to explain how in the Christmas story too the leading figures are the small and the humble.

“Then at Christmas, we see this smallness, this little thing: a baby, a stable, a mother, a father… little ones.  (They have) big hearts but the attitude of a child.  And the Spirit of the Lord, the Holy Spirit comes to rest on this shoot and this small shoot will have the virtue of the childlike and the fear of the Lord.  He will walk in the fear of the Lord. Fear of the Lord is not terror: no, it is putting into practice God’s commandment that he gave to our father Abram: ‘Live in my presence, be perfect,’ Humble – this is humility, fear of the Lord is humility.”

The Pope stressed that only the childlike are capable of fully understanding the sense of humility and the fear of the Lord because they walk in front of the Lord, watched over and protected, feeling that the Lord gives them the strength to journey forward and this is true humility.

“Living our humility, Christian humility means having this fear of the Lord which, I repeat, is not terror but is:‘You are God, I am a person, I journey forward in this way with the little things of life but walking in Your presence and trying to be perfect.’ Humility is the virtue of the childlike and this is true humility and not a rather theatrical humility: no, not that: the humility of somebody who said: ‘I am humble but proud of being so.’ No, that is not true humility. The humility of the childlike is that of somebody who walks in the presence of the Lord, does not speak badly about others, looks only at serving and feels that he or she is the smallest …. That is where their strength lies.

In the same way, the Pope continued, we see the great humility of that girl to whom God sent His Son and who immediately afterwards hastened to her cousin Elizabeth and who said nothing about what had happened. He said humility is like this, journeying in the presence of the Lord, happy, joyful because they are humble just as we see in today’s gospel reading.

“Looking at Jesus who rejoiced because God reveals his mystery to the humble, we can ask for the grace of humility for all of us, the grace of fear of God, of walking in his presence trying to be perfect. And in this way with this humility, we can be vigilant in prayer, carrying out works of brotherly charity and rejoicing and giving praise.”

(from Vatican Radio)

Papa Francisco-Comienza un nuevo año litúrgico. Primer Domingo de Adviento

De la carta a los Romanos 13:11-14
 Y esto, teniendo en cuenta el momento en que vivimos. Porque es ya hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe.
La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz.
Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias.
 Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy en la Iglesia comienza un nuevo año litúrgico, es decir un nuevo camino de fe del pueblo de Dios. Y como siempre, comenzamos con el Adviento. La página del Evangelio  (Cfr. Mt 24, 37-44) nos introduce en uno de los temas más sugestivos del tiempo de Adviento: la visita del Señor a la humanidad.

La primera visita – sabemos – se produjo con la Encarnación, el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén; la segunda acontece en el presente: el Señor nos visita continuamente, cada día, camina a nuestro lado y es una presencia de consolación; en fin, se producirá la tercera, la última visita, que profesamos cada vez que rezamos el Credo: “De nuevo vendrá en la gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”.

El Señor nos habla hoy de esta última visita suya, la que se producirá al final de los tiempos, y nos dice dónde llegará nuestro camino.

La Palabra de Dios hace resaltar el contraste entre el desarrollo normal de las cosas, la rutina cotidiana, y la venida improvisa del Señor. Dice Jesús: “En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos” (vv. 38-39), así dice Jesús.

Nos sorprende siempre pensar en las horas que preceden una gran calamidad: todos están tranquilos, hacen las cosas habituales sin darse cuenta de que su vida está a punto de ser alterada. Ciertamente el Evangelio no quiere atemorizarnos, sino abrir nuestro horizonte a la dimensión ulterior, más grande, que por una parte relativiza las cosas de cada día, pero al mismo tiempo las hace preciosas, decisivas. La relación con el Dios-que-viene-a-visitarnos da a cada gesto, a cada cosa una luz diversa, un espesor, un valor simbólico.

De esta perspectiva proviene también una invitación a la sobriedad, a no ser dominados por las cosas de este mundo, por las realidades materiales, sino más bien a gobernarlas. Si, por el contrario, nos dejamos condicionar y arrollar por ellas, no podemos percibir que hay algo muy importante: nuestro encuentro final con el Señor. Y esto es lo importante. Eso, aquel encuentro. Y las cosas de cada día deben tener este horizonte, deben ser dirigidas hacia aquel horizonte. Este encuentro con el Señor que viene por nosotros. En aquel momento, como dice el Evangelio, “De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado” (v. 40). Es una invitación a la vigilancia, porque al no saber cuándo vendrá Él, es necesario estar siempre listos para partir.

En este tiempo de Adviento, estamos llamados a ampliar el horizonte de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades. Para hacer esto es necesario aprender a no depender de nuestras seguridades, de nuestros esquemas afianzados, porque el Señor viene en la hora en que no lo imaginamos. Viene para introducirnos en una dimensión más bella y más grande.

Que la Madre, Virgen del Adviento, nos ayude a no considerarnos propietarios de nuestra vida, a no hacer resistencia cuando el Señor viene para cambiarla, sino a estar preparados para dejarnos visitar por Él, huésped esperado y grato incluso si cambia nuestros planes. 

Happy Thanksgiving Day!

Happy and Blessed Thanksgiving Day!

Psalm 100

Make a joyful noise unto the LORD, all ye lands.

Serve the LORD with gladness:
come before his presence with singing.

Know ye that the LORD he is God:
it is he that hath made us, and not we ourselves;
we are his people, and the sheep of his pasture.

Enter into his gates with thanksgiving,
and into his courts with praise:
be thankful unto him, and bless his name.

For the LORD is good;
his mercy is everlasting;
and his truth endureth to all generations.

Carta Apostólica del Papa Francisco al concluir el Jubileo Extraordinario de la Misericordia

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“Qué significativas son, también para nosotros, las antiguas palabras que guiaban a los primeros cristianos: «Revístete de alegría, que encuentra siempre gracia delante de Dios y siempre le es agradable, y complácete en ella. Porque todo hombre alegre obra el bien, piensa el bien y desprecia la tristeza […] Vivirán en Dios cuantos alejen de sí la
tristeza y se revistan de toda alegría».2 Experimentar la misericordia produce alegría. No permitamos que las aflicciones y preocupaciones nos la quiten; que permanezca bien arraigada en nuestro corazón y nos ayude a mirar siempre con serenidad la vida cotidian”
Link del texto completo:
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Homily of Pope Francis at Closure of Jubilee of Mercy

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The Solemnity of Our Lord Jesus Christ, King of the Universe, is the crown of the liturgical year and this Holy Year of Mercy. The Gospel in fact presents the kingship of Jesus as the culmination of his saving work, and it does so in a surprising way. “The Christ of God, the Chosen One, the King” (Lk 23:35,37) appears without power or glory: he is on the cross, where he seems more to be conquered than conqueror. His kingship is paradoxical: his throne is the cross; his crown is made of thorns; he has no sceptre, but a reed is put into his hand; he does not have luxurious clothing, but is stripped of his tunic; he wears no shiny rings on his fingers, but his hands are pierced with nails; he has no treasure, but is sold for thirty pieces of silver.

Jesus’ reign is truly not of this world (cf. Jn 18:36); but for this reason, Saint Paul tells us in the Second Reading, we find redemption and forgiveness (cf. Col 1:13-14). For the grandeur of his kingdom is not power as defined by this world, but the love of God, a love capable of encountering and healing all things. Christ lowered himself to us out of this love, he lived our human misery, he suffered the lowest point of our human condition: injustice, betrayal, abandonment; he experienced death, the tomb, hell. And so our King went to the ends of the universe in order to embrace and save every living being. He did not condemn us, nor did he conquer us, and he never disregarded our freedom, but he paved the way with a humble love that forgives all things, hopes all things, sustains all things (cf. 1 Cor 13:7). This love alone overcame and continues to overcome our worst enemies: sin, death, fear.

Dear brothers and sisters, today we proclaim this singular victory, by which Jesus became the King of every age, the Lord of history: with the sole power of love, which is the nature of God, his very life, and which has no end (cf. 1 Cor 13:8). We joyfully share the splendour of having Jesus as our King: his rule of love transforms sin into grace, death into resurrection, fear into trust.

It would mean very little, however, if we believed Jesus was King of the universe, but did not make him Lord of our lives: all this is empty if we do not personally accept Jesus and if we do not also accept his way of being King. The people presented to us in today’s Gospel, however, help us. In addition to Jesus, three figures appear: the people who are looking on, those near the cross, and the criminal crucified next to Jesus.

First, the people: the Gospel says that “the people stood by, watching” (Lk 23:35): no one says a word, no one draws any closer. The people keep their distance, just to see what is happening. They are the same people who were pressing in on Jesus when they needed something, and who now keep their distance. Given the circumstances of our lives and our unfulfilled expectations, we too can be tempted to keep our distance from Jesus’ kingship, to not accept completely the scandal of his humble love, which unsettles and disturbs us. We prefer to remain at the window, to stand apart, rather than draw near and be with him. A people who are holy, however, who have Jesus as their King, are called to follow his way of tangible love; they are called to ask themselves, each one each day: “What does love ask of me, where is it urging me to go? What answer am I giving Jesus with my life?”

There is a second group, which includes various individuals: the leaders of the people, the soldiers and a criminal. They all mock Jesus. They provoke him in the same way: “Save yourself!” (Lk 23:35,37,39). This temptation is worse than that of the people. They tempt Jesus, just as the devil did at the beginning of the Gospel (cf. Lk 4:1-13), to give up reigning as God wills, and instead to reign according to the world’s ways: to come down from the cross and destroy his enemies! If he is God, let him show his power and superiority! This temptation is a direct attack on love: “save yourself” (vv. 37,39); not others, but yourself. Claim triumph for yourself with your power, with your glory, with your victory. It is the most terrible temptation, the first and the last of the Gospel. When confronted with this attack on his very way of being, Jesus does not speak, he does not react. He does not defend himself, he does not try to convince them, he does not mount a defence of his kingship. He continues rather to love; he forgives, he lives this moment of trial according to the Father’s will, certain that love will bear fruit.

In order to receive the kingship of Jesus, we are called to struggle against this temptation, called to fix our gaze on the Crucified One, to become ever more faithful to him. How many times, even among ourselves, do we seek out the comforts and certainties offered by the world. How many times are we tempted to come down from the Cross. The lure of power and success seem an easy, quick way to spread the Gospel; we soon forget how the Kingdom of God works. This Year of Mercy invites us to rediscover the core, to return to what is essential. This time of mercy calls us to look to the true face of our King, the one that shines out at Easter, and to rediscover the youthful, beautiful face of the Church, the face that is radiant when it is welcoming, free, faithful, poor in means but rich in love, on mission. Mercy, which takes us to the heart of the Gospel, urges us to give up habits and practices which may be obstacles to serving the Kingdom of God; mercy urges us to orient ourselves only in the perennial and humble kingship of Jesus, not in submission to the precarious regalities and changing powers of every age.

In the Gospel another person appears, closer to Jesus, the thief who begs him: “Jesus, remember me when you come into your kingdom” (v. 42). This person, simply looking at Jesus, believed in his kingdom. He was not closed in on himself, but rather – with his errors, his sins and his troubles – he turned to Jesus. He asked to be remembered, and he experienced God’s mercy: “Today you will be with me in paradise” (v.43). As soon as we give God the chance, he remembers us. He is ready to completely and forever cancel our sin, because his memory – unlike our own – does not record evil that has been done or keep score of injustices experienced. God has no memory of sin, but only of us, of each of us, we who are his beloved children. And he believes that it is always possible to start anew, to raise ourselves up.

Let us also ask for the gift of this open and living memory. Let us ask for the grace of never closing the doors of reconciliation and pardon, but rather of knowing how to go beyond evil and differences, opening every possible pathway of hope. As God believes in us, infinitely beyond any merits we have, so too we are called to instil hope and provide opportunities to others. Because even if the Holy Door closes, the true door of mercy which is the heart of Christ always remains open wide for us. From the lacerated side of the Risen One until the very end of time flow mercy, consolation and hope.

So many pilgrims have crossed the threshold of the Holy Doors, and far away from the clamour of the daily news they have tasted the great goodness of the Lord. We give thanks for this, as we recall how we have received mercy in order to be merciful, in order that we too may become instruments of mercy. Let us go forward on this road together. May our Blessed Lady accompany us, she who was also close to the Cross, she who gave birth to us there as the tender Mother of the Church, who desires to gather all under her mantle. Beneath the Cross, she saw the good thief receive pardon, and she took Jesus’ disciple as her son. She is Mother of Mercy, to whom we entrust ourselves: every situation we are in, every prayer we make, when lifted up to his merciful eyes, will find an answer.

 

Homilia del papa Francisco en la clausura del Año jubilar de la Misericordia

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La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jesús al culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se presenta sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.

Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.

Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.

Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.

En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo esta lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».

Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.

Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.

En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, a penas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.

Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza.

Muchos peregrinos han cruzado la Puerta santa y lejos del ruido de las noticias has gustado la gran bondad del Señor. Damos gracias por esto y recordamos que hemos sido investidos de misericordia para revestirnos de sentimientos de misericordia, para ser también instrumentos de misericordia. Continuemos nuestro camino juntos. Nos acompaña la Virgen María, también ella estaba junto a la cruz, allí ella nos ha dado a luz como tierna Madre de la Iglesia que desea acoger a todos bajo su manto. Ella, junto a la cruz, vio al buen ladrón recibir el perdón y acogió al discípulo de Jesús como hijo suyo. Es la Madre de misericordia, a la que encomendamos: todas nuestras situaciones, todas nuestras súplicas, dirigidas a sus ojos misericordiosos, que no quedarán sin respuesta.(Zenit)

The life of Elizabeth of Hungary

 

The life of Elizabeth of Hungary — a wife and mother, as well as a princess who lived for the poor — is an invitation to rediscover Christ, says Benedict XVI.

Elizabeth was born to Andrew II, king of Hungary, and given in marriage to Ludwig of Thuringia. Though the marriage was arranged for merely political reasons, “a sincere love was born between the two young people, animated by faith and the desire to do the will of God,” the Holy Father noted.

Ludwig began to reign over the court at age 18, when his father died, the Pontiff continued, but Elizabeth became the “object of silent criticisms because her way of behaving did not correspond to the life of the court.” Her marriage celebration, for example, was not lavish, and some of the costs of the banquet were given to the poor.

The Holy Father noted: “Once, entering the church on the feast of the Assumption, she took off her crown, placed it before the cross and remained prostrate on the ground with her face covered. When a nun reproved her for this gesture, she replied: ‘How can I, miserable creature, continue to wear a crown of earthly dignity, when I see my King Jesus Christ crowned with thorns?’”

And, he continued, “As she behaved before God, so she behaved with her subjects.”

Happy marriage

Ludwig, however, supported her in her charity. “Hers was a profoundly happy marriage,” Benedict XVI said. “Elizabeth helped her husband to raise his human qualities to the supernatural level and he, on the other hand, protected his wife in her generosity to the poor and in her religious practices.

“Ever more in admiration of his wife’s great faith, Ludwig, referring to her care of the poor, said to her: ‘Dear Elizabeth, it is Christ whom you have washed, fed and looked after.’ A clear testimony of how faith and love of God and one’s neighbor reinforce marital union and make it even more profound.”

Tragedy eventually struck the happy bride: Ludwig intended to join a crusade, but he got ill and died before leaving. He was only 27. The young widow “withdrew in solitude,” the Pope said, “but later, strengthened by prayer and, consoled by the thought of seeing [Ludwig] again in heaven, she again became interested in the affairs of the kingdom.”

Another test awaited her, however. Ludwig’s brother usurped the crowd and expelled Elizabeth and her three young sons from the castle. Difficult months followed, until her name was restored and she was able to receive an adequate income to withdraw to the family castle in Marburg.

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Consecrated in the world

Her spiritual director would later have to persuade her not to give up all her earthly possessions, encouraging her instead to use them for the poor.

The Pope cited her spiritual director, who reported: “[S]he built a hospital, took in the sick and the invalid and served the most miserable and abandoned at her own table.”

Benedict XVI explained how Elizabeth spent the last three years of her life caring for the sick in the hospital she’d founded, becoming “what we could call a consecrated woman in the midst of the world” and forming a religious community with her friends.

In 1231 she was struck with a severe fever and, the Pope said, she “gently fell asleep in the Lord on the night of Nov. 17. Testimonies of her holiness were such and so many that, only four years later, Pope Gregory IX proclaimed her a saint.”

Benedict XVI concluded with this reflection: “Dear brothers and sisters, in the figure of St. Elizabeth we see how faith and friendship with Christ create the sense of justice, of the equality of everyone, of the rights of others, and they create love, charity. And from this charity hope is born, the certainty that we are loved by Christ and that the love of Christ awaits us and thus makes us capable of imitating Christ and of seeing Christ in others.

“St. Elizabeth invites us to rediscover Christ, to love him, to have faith and thus find true justice and love, as well as the joy that one day we will be immersed in divine love, in the joy of eternity with God.” ( FROM ZENIT-OCT. 20, 2010 )