Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo- Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En Italia y en muchos países se celebran este domingo la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo – a menudo se utiliza el nombre latino Corpus Domini o Corpus Christi. Cada domingo la comunidad eclesial se reúne alrededor de la Eucaristía, sacramento instituido por Jesús en la última cena. Sin embargo, cada año tenemos la alegría de celebrar la fiesta dedicada a este misterio central de la fe, para expresar en plenitud nuestra adoración a Cristo que se dona como alimento y bebida de salvación.

El pasaje del Evangelio de hoy, tomado de San Juan, es una parte del discurso sobre el “pan de vida” (cf. 6,51-58). Jesús afirma: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. […] El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”(v. 51). Él quiere decir que el Padre lo envió al mundo como alimento de vida eterna, y que para ello Él se sacrificará a sí mismo, su carne. De hecho, Jesús, en la cruz, ha donado su cuerpo y ha derramado su sangre. El Hijo del hombre crucificado es el verdadero Cordero pascual, que hace salir de la esclavitud del pecado y sostiene en el camino hacia la tierra prometida. La Eucaristía es el sacramento de su carne dada para hacer vivir el mundo; quien se nutre de este alimento permanece en Jesús y vive por Él. Asimilar a Jesús significa estar en él, volviéndose hijos en el Hijo.

En la Eucaristía, Jesús, como lo hizo con los discípulos de Emaús, se pone a nuestro lado, peregrinos en la historia, para alimentar en nosotros la fe, la esperanza y la caridad; para confortarnos en las pruebas; para sostenernos en el compromiso por la justicia y la paz. Esta presencia solidaria del Hijo de Dios está en todas partes: en las ciudades y en el campo, en el Norte y Sur del mundo, en países de tradición cristiana y en los de primera evangelización. Y en la Eucaristía Él se ofrece a sí mismo como fuerza espiritual para ayudarnos a poner en práctica su mandamiento – amarnos los unos a otros como Él nos ha amado -, mediante la construcción de comunidades acogedoras y abiertas a las necesidades de todos, especialmente de las personas más frágiles, pobres y necesitadas.

Nutrirnos de Jesús Eucaristía significa también abandonarnos con confianza en Él y dejarnos guiar por Él. Se trata de recibir a Jesús en el lugar del propio “yo”. De este modo el amor gratuito recibido de Jesús en la comunión eucarística, con la obra del Espíritu Santo, alimenta el amor por Dios y por los hermanos y hermanas que encontramos en el camino de cada día. Nutridos por el Cuerpo de Cristo, nos volvemos cada vez más y concretamente, Cuerpo Místico de Cristo. Nos lo recuerda el Apóstol Pablo: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan».(1 Cor 10,16-17).

La Virgen María, que siempre ha estado unida a Jesús Pan de Vida, nos ayude a redescubrir la belleza de la Eucaristía, a nutrirnos de ella con fe, para vivir en comunión con Dios y con hermanos.

Ángelus domini…

Domingo de Pentecostés-homilía del Papa

Hoy concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo. Él es, en efecto, el Don pascual por excelencia. Es el Espíritu creador, que crea siempre cosas nuevas. En las lecturas de hoy se nos muestran dos novedades: en la primera lectura, el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo; en el Evangelio, crea en los discípulos un corazón nuevo.

Un pueblo nuevo. En el día de Pentecostés el Espíritu bajó del cielo en forma de «lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2, 3-4). La Palabra de Dios describe así la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal. En primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. A continuación, el mismo Espíritu realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía: «Reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí» (Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, XI, 11). De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

Para que se realice esto es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes. La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Entonces se escoge la parte, no el todo, el pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos «seguidores» partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de «derechas o de izquierdas» antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad. Sin embargo, de esta manera la unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo una homologación donde ya no hay libertad. Pero dice san Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17).

Nuestra oración al Espíritu Santo consiste entonces en pedir la gracia de aceptar su unidad, una mirada que abraza y ama, más allá de las preferencias personales, a su Iglesia, nuestra Iglesia; de trabajar por la unidad entre todos, de desterrar las murmuraciones que siembran cizaña y las envidias que envenenan, porque ser hombres y mujeres de la Iglesia significa ser hombres y mujeres de comunión; significa también pedir un corazón que sienta la Iglesia, madre nuestra y casa nuestra: la casa acogedora y abierta, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo.

Y llegamos entonces a la segunda novedad: un corazón nuevo. Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia.

El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías: esas precipitadas de quien juzga, las que no tienen salida propia del que cierra todas las puertas, las de sentido único de quien critica a los demás. El Espíritu en cambio nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que «ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están» (Isaac de Stella, Sermón 31). Pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

Pidámoslo al Espíritu Santo, fuego de amor que arde en la Iglesia y en nosotros, aunque a menudo lo cubrimos con las cenizas de nuestros pecados: «Ven Espíritu de Dios, Señor que estás en mi corazón y en el corazón de la Iglesia, tú que conduces a la Iglesia, moldeándola en la diversidad. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas. Amén».

El Papa Francisco a los participantes en la Vigilia de Pentecostés -Jubileo de Oro de la Renovación Carismática Católica Internacional

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo”.
Hechos de los Apóstoles 2, 1-5

Hermanos y hermanas:

Gracias por el testimonio que ustedes dan hoy aquí. Nos hace bien a todos, me hace bien a mí también.

Hoy estamos aquí como en un cenáculo pero a cielo abierto. Porque no tenemos miedo al cielo abierto. Y también con el corazón abierto a la promesa del Padre. Nos hemos reunido, todos nosotros creyentes, todos los que profesamos que Jesús es el Señor. Muchos han venido de diversas partes del mundo y el Espíritu Santo nos ha reunido para establecer los lazos de amistad fraterna que no dan fuerzas en el camino hacia la unidad. Unidad para la misión no para quedarnos quietos. ¡No!, ¡unidos para la misión de proclamar que Jesús es el Señor!

Para anunciar juntos el amor del Padre por todos sus hijos. Para anunciar la Buena Nueva a todos los pueblos, para demostrar que la Paz es posible.

No es fácil demostrar que la Paz en este mundo es posible, pero con el poder de Jesús podemos demostrarlo. Pero eso, es posible si entre nosotros también estamos en Paz. Si nosotros encendemos las diferencias y estamos en guerra entre nosotros no podemos anunciar la Paz. La Paz es posible a partir de nuestra confesión de que Jesús es el Señor. Es el Espíritu Santo el que crea unidad entre nosotros.

La venida del Espíritu Santo transforma hombres cerrados a causa del miedo en testimonios valientes de Jesús. Pedro, que renegó a Jesús tres veces, lleno de la fuerza del Espíritu Santo proclama para que sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido en Señor a aquel Jesús que crucificaron. Y esta es la profesión de fe de cada cristiano: Dios ha constituido la Señoría de Jesús.

Hoy, hemos elegido reunirnos aquí en este lugar, porque aquí durante las persecuciones fueron martirizados muchos cristianos para el divertimento de aquellos que lo veían. Hoy hay más mártires que antes. Quienes matan a los cristianos lo hacen sin ninguna distinción. Es el Ecumenismo de la Sangre, de tantos mártires.

Hoy es más urgente que nunca la unidad entre los cristianos. Caminar juntos, trabajar juntos. Amarse. Y juntos buscar explicar nuestras diferencias, ponernos de acuerdo, pero en camino. Si permanecemos quietos sin caminar, nunca nos pondremos de acuerdo. Porque el Espíritu nos quiere en camino.

50 años de la Renovación del Movimiento Carismático Católico. Una corriente de gracia del Espíritu. ¿Y por qué de gracia? Porque no tiene fundador, ni estatutos, ni gobierno. Claramente, en esta corriente han nacido muchas expresiones que ciertamente son obras humanas inspiradas por el Espíritu, con varios carismas y todos al servicio de la Iglesia. Pero a la corriente no se le puede poner un “dique”, ni encerrar al Espíritu Santo en una jaula.

Alegría y coraje. Eso da el Espíritu Santo. El cristiano… o experimenta la alegría del Espíritu de Dios en su corazón o hay algo que no funciona bien.

Queridos hermanos y hermanas, les deseo un tiempo de reflexión, de memoria de los orígenes. Un tiempo para sacar de las espaldas todas aquellas cosas que hemos ido añadiendo con nuestro “yo”, y transformarlo en escucha y en alegre acogida del Espíritu Santo que actúa dónde y cómo quiere.

Agradezco a todos por la organización de este Jubileo de Oro, por esta vigilia y agradezco a cada uno de los voluntarios que lo han hecho posible, mucho de los cuales se encuentran aquí. También saludo a los jóvenes de tantas partes del mundo.

Gracias Renovación Carismática católica por todo lo que han dado a la Iglesia en estos 50 años. La Iglesia cuenta con ustedes, con su fidelidad a la Palabra, su disponibilidad al servicio, y los testimonios de vidas transformadas por el Espíritu Santo. Gracias.

Papa Francisco- María, Madre de la esperanza

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha atravesado más de una noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura emerge como si fuera el personaje de un drama. No era simplemente responder con un “si” a la invitación del ángel: sin embargo ella, mujer todavía en la flor de la juventud, responde con valentía, no obstante no sabía nada del destino que le esperaba. María en aquel instante se presenta como una de las tantas madres de nuestro mundo, valerosa hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.

Aquel “si” es el primer paso de una larga lista de obediencias – ¡larga lista de obediencias! – que acompañaran su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que muchas veces no comprende todo aquello que sucede a su alrededor, pero que medita cada palabra y cada suceso en su corazón.

En esta disposición hay fragmento bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil. Es en cambio una mujer que escucha: no se olviden que hay siempre una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha, que acoge la existencia así como esa se presenta a nosotros, con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás quisiéramos haber encontrado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo es clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María había casi desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dejan entrever este lento eclipsarse de su presencia, la suya permanece muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece justamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos han desaparecido por motivo del miedo. Las madres no traicionan, y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los Evangelios son lacónicos, y extremamente discretos. Registran con un simple verbo la presencia de la Madre: ella “estaba” (Jn 19,25). Ella estaba. No dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habrían luego lanzado la imaginación de los poetas y de los pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: ella “estaba”. Estaba allí, en el momento más feo, en momento cruel, y sufría con su hijo. “Estaba”.

María “estaba”, simplemente estaba ahí. Estaba ahí nuevamente la joven mujer de Nazaret, ya con los cabellos canosos por el pasar de los años, todavía luchando con un Dios que debe ser sólo abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más densa. María “estaba” en la oscuridad más densa, pero “estaba”. No se había ido. María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida en un lugar de neblina y tinieblas. Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba en aquel instante abriendo para todos nosotros los hombres: está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamada sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión. Los sufrimientos de las madres… todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han llevado adelante tantos sufrimientos de sus hijos…

La reencontraremos el primer día de la Iglesia, ella, Madre de esperanza, en medio a aquella comunidad de discípulos así tan frágiles: uno había negado, muchos habían huido, todos habían tenido miedo (Cfr. Hech 1,14). Pero ella, simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera del todo natural: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también por las vacilaciones de los primeros pasos que debía cumplir en el mundo.

Por esto todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido: ella siempre confiando en el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo. En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza. Gracias.

Pope Francis-to Mary Mother of Hope

Speaker: Dear Brothers and Sisters: In our continuing catechesis on Christian hope, we now turn to Mary, Mother of Hope. Our Lady’s experience of motherhood models that of so many mothers in our world. Hers is a witness of courage in accepting her vocation and welcoming the new life entrusted to her. It is also a witness of quiet yet trusting obedience to God’s will amid the trials of life. The Gospels speak of a certain “eclipse” of Mary during the public ministry of Jesus. She follows her Son in silence, yet in his passion, when most of the disciples flee, she remains with him to the very end. The image of Mary standing at the foot of the cross and grieving the death of her innocent Son has inspired artists of every age to present her as a model of persevering hope in God’s promises. That hope was the fruit of a life of prayer and daily effort to be conformed to God’s will, and was fulfilled in Jesus’ rising to new life. As Mother of Hope, may Our Lady remain at our side, sustain us by her prayers and guide our steps as we seek to follow her Son every day of our lives.

Speaker: I greet the English-speaking pilgrims and visitors taking part in today’s Audience, particularly the groups from England, Scotland, Wales, Ireland, Finland, Mainland China, Indonesia, Taiwan, India, the Philippines, Canada and the United States of America. In the joy of the Risen Christ, I invoke upon you and your families the loving mercy of God our Father. May the Lord bless you all!

AÑO JUBILAR DE FÁTIMA

 

Indulgencia Plenaria_concesion

AÑO JUBILAR DE FÁTIMA
Concesión de Indulgencia Plenaria
Con el fin de celebrar dignamente el centésimo aniversario de las Apariciones de Fátima, por mandato del Papa Francisco se concede, con la inherente indulgencia plenaria, un Año Jubilar, desde el día 27 de noviembre de 2016 hasta el día 26 de noviembre de 2017.
La indulgencia plenaria del jubileo se concede:
a) a los fieles que visiten en peregrinación el Santuario de Fátima y participen allí devotamente en alguna celebración u oración en honor
a la Virgen María, recen la oración del Padrenuestro, reciten el símbolo de la fe (Credo) e invoquen a Nuestra Señora de Fátima;
b) a los fieles piadosos que visiten con devoción una imagen de Nuestra Señora de Fátima expuesta solemnemente a la veneración
pública en cualquier templo, oratorio o lugar
adecuado, en los días del aniversario de las apariciones (día 13 de cada mes desde mayo a octubre de 2017), y ahí participen devotamente en alguna celebración u oración en honor a la Virgen María, recen la ora
ción del Padrenuestro, reciten el símbolo de la fe (Credo) e invoquen a Nuestra Señora de Fátima;
c) a los fieles que, por edad, enfermedad u otra causa grave, estén impedidos de desplazarse,
si, arrepentidos de todos sus pecados y teniendo la firme intenc
ión de realizar, tan pronto
como le sea posible, las tres condiciones abajo indicadas, frente a una pequeña imagen de Nuestra Señora de Fátima, en los días de las apariciones se unan espiritualmente a las
celebraciones jubilares, ofreciendo con confianza a
Dios misericordioso a través de María sus preces y dolores, o los sacrificios de su propia vida.
Para obtener la indulgencia plenaria, los fieles, verdaderamente penitentes y animados de caridad, deben cumplir ritualmente las siguientes condiciones: confesión sacramental,
comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre.

Pope Francis on Sunday of the Good Shepherd

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Gospel

John 10:1-10
1 “Truly, truly, I say to you, he who does not enter the sheepfold by the door but climbs in by another way, that man is a thief and a robber;
2 but he who enters by the door is the shepherd of the sheep.
3 To him the gatekeeper opens; the sheep hear his voice, and he calls his own sheep by name and leads them out.
4 When he has brought out all his own, he goes before them, and the sheep follow him, for they know his voice.
5 A stranger they will not follow, but they will flee from him, for they do not know the voice of strangers.”
6 This figure Jesus used with them, but they did not understand what he was saying to them.
7 So Jesus again said to them, “Truly, truly, I say to you, I am the door of the sheep.
8 All who came before me are thieves and robbers; but the sheep did not heed them.
9 I am the door; if any one enters by me, he will be saved, and will go in and out and find pasture.
10 The thief comes only to steal and kill and destroy; I came that they may have life, and have it abundantly.”

 Reflecting on the image of the Good Shepherd, Pope Francis said his is the only voice that leads us to safety and friendship with God, and cautioned against the false wisdom of those who confuse and deter us from this path.

“It is not always easy to distinguish the voice of the Good Shepherd. There is always the danger of the thief, the robber and the false shepherd,” the Pope said May 7.

“There is always the risk of being distracted by the clamor of many other voices,” he said, and invited faithful “to not allow ourselves to be diverted by the false wisdoms of this world, but to follow Jesus, the Risen one, as the only sure guide that gives meaning to our lives.”

 

Francis spoke to pilgrims during his Sunday Regina Coeli address, which coincided with the World Day of Prayer for Vocations. Shortly before leading pilgrims in the traditional Marian prayer, he presided over Mass in St. Peter’s Basilica, where he ordained 10 men to the priesthood.

In his address, the Pope pointed to the day’s Gospel reading from John, which recounts the parable of the Good Shepherd. He said the passage gives us two images: the image of the shepherd, and the image of the gate to the fold of sheep.

“The flock, which is all of us, has as a home a fold that gives refuge, where the sheep abide and rest after the fatigue of the journey,” the Pope said, noting that there are two people in the passage who try to draw near to the flock.

One of these people is the shepherd, and the second is a stranger, “who does not love the sheep,” Francis said, explaining that Jesus identifies with the shepherd, “and shows a relationship of familiarity with the sheep.”

This familiarity is expressed through his voice, “with which he calls them and it is recognized and followed,” taking them the “grassy meadows” where they find the nourishment they need, he said.

When Jesus says “‘I am the gate. Whoever enters through me will be saved,’” he is telling the disciples that they will have life and have it in abundance, the Pope said, noting that Christ, the Good Shepherd, “became the door of salvation for humanity, because he offered his life for his sheep.”

“Jesus, the good shepherd and gate for the sheep, is a leader whose authority is expressed through service, a leader who to command gives his life and doesn’t ask others to sacrifice it,” he said.

 

“In a leader such as this one can trust, like the sheep who listened to the voice of their shepherd because they know that with him they go to good and abundant pastures,” he said, noting that one signal is all that’s needed and the sheep follow.

They follow the shepherd, “they obey, they walk guided by the voice of him who they feel is a friendly, strong and sweet presence, who guides, protects, consoles and heals,” the Pope said, adding that “this is Christ for us.”

While we might at times feel “a bit in the dark” when it comes to the spiritual and affective dimension of Christian life, Pope Francis cautioned against the temptation to “rationalize the faith too much.”

By doing this, we “risk losing the perception of the stamp of that voice, the voice of Jesus the Good Shepherd, who stimulates and fascinates,” he said, explaining that for Jesus, we are never strangers, but “friends and brothers.

He closed his address asking Mary to accompany the 10 new priests he ordained, and asked her to sustain “the many who are called by him, so that they are ready and generous in following his voice.”

Papa Francisco-En el domingo del Buen Pastor

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este domingo (Cfr. Jn 10, 1-10), llamado “el domingo del Buen Pastor”, Jesús se presenta con dos imágenes que se completan recíprocamente. La imagen del Pastor y la imagen de la Puerta del corral de las ovejas. El rebaño, que somos todos nosotros, tiene como habitación un corral que sirve de refugio, donde las ovejas viven y descansan después de las fatigas del camino. Y el corral tiene un recinto con una puerta, donde hay un guardián. Al rebaño se acercan diversas personas: está quien entra en el recinto pasando por la puerta y quien “entra por otro lado” (v. 1).

El primero es el pastor, el segundo un extraño, que no ama a las ovejas, quiere entrar por otros intereses. Jesús se identifica con el primero y manifiesta una relación de familiaridad con las ovejas, expresada a través de la voz, con la que las llama, y que ellas reconocen y siguen (Cfr. v. 3). Él las llama para conducirlas afuera, a los prados herbosos donde encuentran buen sustento.

La segunda imagen con Jesús se presenta es la de la “puerta de las ovejas” (v. 7). En efecto dice: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará” (v. 9), es decir, tendrá la vida y la tendrá en abundancia (Cfr. v. 10). Cristo, Buen Pastor, se ha convertido en la puerta de la salvación de la humanidad, porque ha ofrecido la vida por sus ovejas.

Jesús, pastor bueno y puerta de las ovejas, es un jefe cuya autoridad se expresa en el servicio, un jefe que para gobernar da la vida y no pide a otros que la sacrifiquen. De un jefe así nos podemos fiar, como las ovejas que escuchan la voz de su pastor porque saben que con Él se va a prados buenos y abundantes. Basta una señal, una llamada y ellas lo siguen, obedecen, se encaminan guiadas por la voz de aquel que sienten como una presencia amiga, fuerte y dulce al mismo tiempo, que dirige, protege, consuela y cura.

Así es Cristo para nosotros. Hay una dimensión de la experiencia cristiana que tal vez dejamos un poco en la sombra: la dimensión espiritual y afectiva. El hecho de sentirnos unidos al Señor por un vínculo especial, como las ovejas a su pastor. A veces racionalizamos demasiado la fe y corremos el riesgo de perder la percepción del timbre de aquella voz, de la voz de Jesús Buen Pastor, que anima y fascina. Como les sucedió a los dos discípulos de Emaús, a los que les ardía el corazón mientras el Resucitado hablaba a lo largo del camino.

Es la experiencia maravillosa de sentirse amados por Jesús. Pregúntense: ¿Yo me siento amado por Jesús? ¿Yo me siento amada por Jesús? Para Él jamás somos extraños, sino amigos y hermanos. Y sin embargo, no siempre es fácil distinguir la voz del Pastor Bueno. Estén atentos. Siempre existe el riesgo de estar distraídos por el bullicio de tantas otras voces. Hoy estamos invitados a no dejarnos distraer por las falsas sabidurías de este mundo, sino a seguir a Jesús, el Resucitado, como único guía seguro que da sentido a nuestra vida.

En esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones – en especial por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor nos envíe buenos pastores – invocamos a la Virgen María: Que Ella acompañe a los diez nuevos sacerdotes a quienes he ordenado hace poco. He pedido a cuatro de ellos, de la diócesis de Roma, que se asomaran para dar la bendición junto a mí. Que la Virgen  sostenga con su ayuda a cuantos están llamados por Él, a fin de que estén listos y sean generosos para seguir su voz.

Mayo mes de Maria-Oracion de San Juan Pablo II

 

Oh Virgen santísima
Madre de Cristo y Madre de la Iglesia,
con alegría y admiración
nos unimos a tu Magnificat,
a tu canto de amor agradecido.

Contigo damos gracias a Dios,
«cuya misericordia se extiende
de generación en generación»,
por la espléndida vocación
y por la multiforme misión
confiada a los fieles laicos,
por su nombre llamados por Dios
a vivir en comunión de amor
y de santidad con Él
y a estar fraternalmente unidos
en la gran familia de los hijos de Dios,
enviados a irradiar la luz de Cristo
y a comunicar el fuego del Espíritu
por medio de su vida evangélica
en todo el mundo.

Virgen del Magnificat,
llena sus corazones
de reconocimiento y entusiasmo
por esta vocación y por esta misión.

Tú que has sido,
con humildad y magnanimidad,
«la esclava del Señor»,
danos tu misma disponibilidad
para el servicio de Dios
y para la salvación del mundo.
Abre nuestros corazones
a las inmensas perspectivas
del Reino de Dios
y del anuncío del Evangelio
a toda criatura.

En tu corazón de madre
están siempre presentes los muchos peligros
y los muchos males
que aplastan a los hombres y mujeres
de nuestro tiempo.
Pero también están presentes
tantas iniciativas de bien,
las grandes aspiraciones a los valores,
los progresos realizados
en el producir frutos abundantes de salvación.

Virgen valiente,
inspira en nosotros fortaleza de ánimo
y confianza en Dios,
para que sepamos superar
todos los obstáculos que encontremos
en el cumplimiento de nuestra misión.
Enséñanos a tratar las realidades del mundo
con un vivo sentido de responsabilidad cristiana
y en la gozosa esperanza
de la venida del Reino de Dios,
de los nuevos cielos y de la nueva tierra.

Tú que junto a los Apóstoles
has estado en oración
en el Cenáculo
esperando la venida del Espíritu de Pentecostés,
invoca su renovada efusión
sobre todos los fieles laicos, hombres y mujeres,
para que correspondan plenamente
a su vocación y misión,
como sarmientos de la verdadera vid,
llamados a dar mucho fruto
para la vida del mundo.

Virgen Madre,
guíanos y sostennos para que vivamos siempre
como auténticos hijos
e hijas de la Iglesia de tu Hijo
y podamos contribuir a establecer sobre la tierra
la civilización de la verdad y del amor,
según el deseo de Dios
y para su gloria.

Amén.

May month of Mary-Prayer of St. John Paul II

O Most Blessed Virgin Mary,
Mother of Christ and Mother of the Church, With joy and wonder we seek to make our own your Magnificat, joining you in your hymn of thankfulness and love.

With you we give thanks to God,
“whose mercy
is from generation to generation”,
for the exalted vocation
and the many forms of mission
entrusted to the lay faithful.
God has called each of them by name
to live his own communion of love
and holiness
and to be one
in the great family of God’s children.
He has sent them forth
to shine with the light of Christ
and to communicate the fire of the Spirit
in every part of society
through their life
inspired by the gospel.
O Virgin of the Magnificat,
fill their hearts
with a gratitude and enthusiasm
for this vocation and mission.
With humility and magnanimity
you were the “handmaid of the Lord”;
give us your unreserved willingness
for service to God
and the salvation of the world.
Open our hearts
to the great anticipation
of the Kingdom of God
and of the proclamation of the Gospel
to the whole of creation.
Your mother’s heart
is ever mindful of the many dangers
and evils which threaten
to overpower men and women
in our time.
At the same time your heart also takes notice
of the many initiatives
undertaken for good,
the great yearning for values,
and the progress achieved
in bringing forth
the abundant fruits of salvation.
O Virgin full of courage,
may your spiritual strength
and trust in God inspire us,
so that we might know
how to overcome all the obstacles
that we encounter
in accomplishing our mission.
Teach us to treat the affairs
of the world
with a real sense of Christian responsibility
and a joyful hope
of the coming of God’s Kingdom, and
of a “new heaven and a new earth”.
You who were gathered in prayer
with the Apostles in the Cenacle,
awaiting the coming
of the Spirit at Pentecost,
implore his renewed outpouring
on all the faithful, men and women alike,
so that they might more fully respond
to their vocation and mission,
as branches engrafted to the true vine,
called to bear much fruit
for the life of the world.
O Virgin Mother,
guide and sustain us
so that we might always live
as true sons and daughters
of the Church of your Son.
Enable us to do our part
in helping to establish on earth
the civilization of truth and love,
as God wills it,
for his glory.

Amen