Pope Francis’ homily at the canonization of Blesseds Stanislaus of Jesus and Mary and Maria Elizabeth Hesselblad

consolacion-2572.jpg

The word of God, which we have just heard, points us to the central event of our faith: God’s victory over suffering and death. It proclaims the Gospel of hope, born of Christ’s paschal mystery, whose splendour is seen on the face of the Risen Lord and reveals God our Father as one who comforts all of us in our afflictions. That word calls us to remain united to the Passion of the Lord Jesus, so that the power of his resurrection may be revealed in us.

In the Passion of Christ, we find God’s response to the desperate and at times indignant cry that the experience of pain and death evokes in us. He tells us that we cannot flee from the Cross, but must remain at its foot, as Our Lady did. In suffering with Jesus, she received the grace of hoping against all hope (cf. Rom 4:18).

This was the experience of Stanislaus of Jesus and Mary, and Maria Elizabeth Hesselblad, who today are proclaimed saints. They remained deeply united to the passion of Jesus, and in them the power of his resurrection was revealed.

This Sunday’s first reading and Gospel offer us amazing signs of death and resurrection. The first took place at the hand of the Prophet Isaiah, the second by Jesus. In both cases, they involved the young children of widows, who were then given back alive to their mothers.

The widow of Zarephath – a woman who was not a Jew, yet had received the Prophet Elijah in her home – was upset with the prophet and with God, because when Elijah was a guest in her home her child had taken ill and had died in her arms. Elijah says to her: “Give me your son” (1 Kings 17:19). What he says is significant. His words tell us something about God’s response to our own death, however it may come about. He does not say: “Hold on to it; sort it out yourself!” Instead, he says: “Give it to me”. And indeed the prophet takes the child and carries him to the upper room, and there, by himself, in prayer “fights with God”, pointing out to him the absurdity of that death. The Lord heard the voice of Elijah, for it was in fact he, God, who spoke and acted in the person of the prophet. It was God who, speaking through Elijah, told the woman: “Give me your son”. And now it was God who gave the child back alive to his mother.

God’s tenderness is fully revealed in Jesus. We heard in the Gospel (Lk 7:11-17) of the “great compassion” (v. 13) which Jesus felt for the widow of Nain in Galilee, who was accompanying her only son, a mere adolescent, to his burial. Jesus draws close, touches the bier, stops the funeral procession, and must have caressed that poor mother’s face bathed in tears. “Do not weep”, he says to her (Lk 7:13), as to say: “Give me your son”. Jesus asks to takes our death upon himself, to free us from it and to restore our life. The young man then awoke as if from a deep sleep and began to speak. Jesus “gave him to his mother” (v. 15). Jesus is no wizard! It is God’s tenderness incarnate; the Father’s immense compassion is at work in Jesus.

The experience of the Apostle Paul was also a kind of resurrection. From a fierce enemy and persecutor of Christians, he became a witness and herald of the Gospel (cf.Gal 1:13-17). This radical change was not his own work, but a gift of God’s mercy. God “chose” him and “called him by his grace”. “In him”, God desired to reveal his Son, so that Paul might proclaim Christ among the Gentiles (vv. 15-16). Paul says that God the Father was pleased to reveal his Son not only to him, but in him, impressing as it were in his own person, flesh and spirit, the death and resurrection of Christ. As a result, the Apostle was not only to be a messenger, but above all a witness.

So it is with each and every sinner. Jesus constantly makes the victory of life-giving grace shine forth. He says to Mother Church: “Give me your children”, which means all of us. He takes our sins upon himself, takes them away and gives us back alive to the Mother Church. All that happens in a special way during this Holy Year of Mercy.

The Church today offers us two of her children who are exemplary witnesses to this mystery of Resurrection. Both can sing forever in the words of the Psalmist: “You have changed my mourning into dancing / O Lord, my God, I will thank you forever” (Ps 30:12). Let us all join in saying: “I will extol you, Lord, for you have raised me up” (Antiphon of the Responsorial Psalm).

Homilia del Papa Francisco 5 junio, 2016

otoño 0.48
“La Palabra de Dios que hemos escuchado nos conduce al acontecimiento central de la fe: La victoria de Dios sobre el dolor y la muerte. Es el Evangelio de la esperanza que surge del Misterio Pascual de Cristo, que se irradia desde su rostro, revelador de Dios Padre y consolador de los afligidos. Es una palabra que nos llama a permanecer íntimamente unidos a la pasión de nuestro Señor Jesús, para que se manifieste en nosotros el poder de su resurrección.

En efecto, en la Pasión de Cristo está la respuesta de Dios al grito angustiado y a veces indignado que provoca en nosotros la experiencia del dolor y de la muerte. Se trata de no escapar de la cruz, sino de permanecer ahí, como hizo la Virgen Madre, que sufriendo junto a Jesús recibió la gracia de esperar contra toda esperanza (cf. Rm 4,18).

Esta ha sido también la experiencia de Estanislao de Jesús María y de María Isabel Hesselblad, que hoy son proclamados santos: han permanecido íntimamente unidos a la pasión de Jesús y en ellos se ha manifestado el poder de su resurrección.

La primera Lectura y el Evangelio de este domingo nos presentan justamente, dos signos prodigiosos de resurrección, el primero obrado por el profeta Elías, el segundo por Jesús. En los dos casos, los muertos son hijos muy jóvenes de mujeres viudas que son devueltos vivos a sus madres.

La viuda de Sarepta –una mujer no judía, que sin embargo había acogido en su casa al profeta Elías– está indignada con el profeta y con Dios porque, precisamente cuando Elías era su huésped, su hijo se enfermó y después murió en sus brazos. Entonces Elías dice a esa mujer: «Dame a tu hijo», «Dame a tu hijo». (1 R 17,19).

Esta es una palabra clave: manifiesta la actitud de Dios ante nuestra muerte (en todas sus formas); no dice: «tenla contigo, arréglatelas», sino que dice: «Dámela». En efecto, el profeta toma al niño y lo lleva a la habitación de arriba, y allí, él solo, en la oración, «lucha con Dios», presentándole el sinsentido de esa muerte. Y el Señor escuchó la voz de Elías, porque en realidad era él, Dios, quien hablaba y el que obraba en el profeta. Era él que, por boca de Elías, había dicho a la mujer: «Dame a tu hijo». Y ahora era él quien lo restituía vivo a su madre.

La ternura de Dios se revela plenamente en Jesús. Hemos escuchado en el Evangelio (Lc 7,11-17), cómo él experimentó «mucha compasión» (v.13) por esa viuda de Naín, en Galilea, que estaba acompañando a la sepultura a su único hijo, aún adolescente. Pero Jesús se acerca, toca el ataúd, detiene el cortejo fúnebre, y seguramente habrá acariciado el rostro bañado de lágrimas de esa pobre madre. «No llores», le dice (Lc 7,13). Como si le pidiera: «Dame a tu hijo».

Jesús pide para sí nuestra muerte, para librarnos de ella y darnos la vida. Y en efecto, ese joven se despertó como de un sueño profundo y comenzó a hablar. Y Jesús «lo devuelve a su madre» (v. 15). No es un mago. Es la ternura de Dios encarnada, en él obra la inmensa compasión del Padre.

Una especie de resurrección es también la del apóstol Pablo, que de enemigo y feroz perseguidor de los cristianos se convierte en testigo y heraldo del Evangelio (cf. Ga 1,13-17). Este cambio radical no fue obra suya, sino don de la misericordia de Dios, que lo «eligió» y lo «llamó con su gracia», y quiso revelar «en él» a su Hijo para que lo anunciase en medio de los gentiles (vv. 15-16). Pablo dice que Dios Padre tuvo a bien manifestar a su Hijo no sólo a él, sino en él, es decir, como imprimiendo en su persona, carne y espíritu, la muerte y la resurrección de Cristo. De este modo, el apóstol no será sólo un mensajero, sino sobre todo un testigo.

Y también con nosotros los pecadores, a todos y cada uno, Jesús no cesa de hacer brillar la victoria de la gracia que da vida. Dice a la Madre Iglesia: «Dame a tus hijos», que somos todos nosotros. Él toma consigo todos nuestros pecados, los borra y nos devuelve vivos a la misma Iglesia. Y esto sucede de modo especial durante este Año Santo de la Misericordia.

La Iglesia nos muestra hoy a dos hijos suyos que son testigos ejemplares de este misterio de resurrección. Ambos pueden cantar por toda la eternidad con las palabras del salmista: «Cambiaste mi luto en danzas, / Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre» (Sal 30,12). Y todos juntos nos unimos diciendo: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado» (Respuesta al Salmo Responsorial).

Fiesta del Inmaculado corazon de María

DSC_0604

La Iglesia celebra la Fiesta del Inmaculado Corazón de María.

Esta celebración fue establecida por el Papa Pío XII en 1944 para que por medio de la intercesión de María se obtenga “la paz entre las naciones, libertad para la Iglesia, la conversión de los pecadores, amor a la pureza y la práctica de las virtudes”.

Durante las apariciones de la Virgen de Fátima a los tres pastorcitos en 1917, nuestra Señora le dijo a Lucía: “Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”.

“A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mí para adornar su Trono”.

En otra ocasión les dijo: “¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”

Muchos años después, cuando Lucía era postulante en el Convento de las Doroteas en Pontevedra (España), la Virgen se le aparece con el niño Jesús y, mostrándole su corazón rodeado de espinas, le dijo: “Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes”.

“Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación”.

HOMILY OF POPE FRANCIS-CORPUS CHRISTI

 

 

Dear Brothers and Sisters,

In the Gospel we have listened to, Jesus says something that I always find striking: “you give them something to eat” (Lk 9:13). Starting with this sentence I am letting myself be guided by three words; following [sequela], communion, sharing.

1. First of all: who are those who must be given something to eat? We find the answer at the beginning of the Gospel passage: it is the crowd, the multitude. Jesus is in the midst of the people, he welcomes them, he speaks to them, he heals them, he shows them God’s mercy; it is from among them that he chooses the Twelve Apostles to be with him and, like him, to immerse themselves in the practical situations of the world. Furthermore the people follow him and listen to him, because Jesus is speaking and behaving in a new way, with the authority of someone who is authentic and consistent, someone who speaks and acts with truth, someone who gives the hope that comes from God, someone who is a revelation of the Face of a God who is love. And the people joyfully bless God.

This evening we are the crowd of the Gospel, we too seek to follow Jesus in order to listen to him, to enter into communion with him in the Eucharist, to accompany him and in order that he accompany us. Let us ask ourselves: how do I follow Jesus? Jesus speaks in silence in the Mystery of the Eucharist. He reminds us every time that following him means going out of ourselves and not making our life a possession of our own, but rather a gift to him and to others.

2. Let us take another step. What does Jesus’ request to the disciples, that they themselves give food to the multitude, come from? It comes from two two things: first of all from the crowd, who in following Jesus find themselves in the open air, far from any inhabited areas, while evening is falling; and then from the concern of the disciples who ask Jesus to send the crowd away so that they can go to the neighbouring villages to find provisions and somewhere to stay (cf. Lk 9:12).

Faced with the needs of the crowd the disciples’ solution was this: let each one think of himself — send the crowd away! How often do we Christians have this temptation! We do not take upon ourselves the needs of others, but dismiss them with a pious: “God help you”, or with a not so pious “good luck”, and if I never see you again…. But Jesus’ solution goes in another direction, a direction that astonishes the disciples: “You give them something to eat”. Yet how could we be the ones to give a multitude something to eat? “We have no more than five loaves and two fish — unless we are to go and buy food for all these people” (Lk 9:13). However Jesus does not despair. He asks the disciples to have the people sit down in groups of 50 people. He looks up to heaven, recites the blessing, breaks the bread and fish into pieces and gives them to the disciples to distribute (cf. Lk 9:16). It is a moment of deep communion: the crowd is satisfied by the word of the Lord and is now nourished by his bread of life. And they were all satisfied, the Evangelist notes (cf. Lk 9:17).

This evening we too are gathered round the table of the Lord, the table of the Eucharistic sacrifice, in which he once again gives us his Body and makes present the one sacrifice of the Cross. It is in listening to his word, in nourishing ourselves with his Body and his Blood that he moves us on from being a multitude to being a community, from anonymity to communion. The Eucharist is the sacrament of communion that brings us out of individualism so that we may follow him together, living out our faith in him. Therefore we should all ask ourselves before the Lord: how do I live the Eucharist? Do I live it anonymously or as a moment of true communion with the Lord, and also with all the brothers and sisters who share this same banquet? What are our Eucharistic celebrations like?

3. A final element: where does the multiplication of the loaves come from? The answer lies in Jesus’ request to the disciples: “You give them…”, “to give”, to share. What do the disciples share? The little they have: five loaves and two fish. However it is those very loaves and fish in the Lord’s hands that feed the entire crowd. And it is the disciples themselves, bewildered as they face the insufficiency of their means, the poverty of what they are able to make available, who get the people to sit down and who — trusting in Jesus’ words — distribute the loaves and fish that satisfy the crowd. And this tells us that in the Church, but also in society, a key word of which we must not be frightened is “solidarity”, that is, the ability to make what we have, our humble capacities, available to God, for only in sharing, in giving, will our life be fruitful. Solidarity is a word seen badly by the spirit of the world!

This evening, once again, the Lord distributes for us the bread that is his Body, he makes himself a gift; and we too experience “God’s solidarity” with man, a solidarity that is never depleted, a solidarity that never ceases to amaze us: God makes himself close to us, in the sacrifice of the Cross he humbles himself, entering the darkness of death to give us his life which overcomes evil, selfishness and death. Jesus, this evening too, gives himself to us in the Eucharist, shares in our journey, indeed he makes himself food, the true food that sustains our life also in moments when the road becomes hard-going and obstacles slow our steps. And in the Eucharist the Lord makes us walk on his road, that of service, of sharing, of giving; and if it is shared, that little we have, that little we are, becomes riches, for the power of God — which is the power of love — comes down into our poverty to transform it.

So let us ask ourselves this evening, in adoring Christ who is really present in the Eucharist: do I let myself be transformed by him? Do I let the Lord who gives himself to me, guide me to going out ever more from my little enclosure, in order to give, to share, to love him and others?

Brothers and sisters, following, communion, sharing. Let us pray that participation in the Eucharist may always be an incentive: to follow the Lord every day, to be instruments of communion and to share what we are with him and with our neighbour. Our life will then be truly fruitful. Amen.

Homilía del Papa Francisco-Corpus Christi

This slideshow requires JavaScript.


«Haced esto en memoria mía» (1Co 11,24.25).

El apóstol Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto, refiere por dos veces este mandato de Cristo en el relato de la institución de la Eucaristía. Es el testimonio más antiguo de las palabras de Cristo en la Última Cena.

«Haced esto». Es decir, tomad el pan, dad gracias y partidlo; tomad el cáliz, dad gracias y distribuidlo. Jesús manda repetir el gesto con el que instituyó el memorial de su Pascua por el que nos dio su Cuerpo y su Sangre. Y este gesto ha llegado hasta nosotros: es el «hacer» la Eucaristía, que tiene siempre a Jesús como protagonista, pero que se realiza a través de nuestras pobres manos ungidas de Espíritu Santo.

«Haced esto». Ya en otras ocasiones, Jesús había pedido a sus discípulos que «hicieran» lo que él tenía claro en su espíritu, en obediencia a la voluntad del Padre. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio. Ante una multitud cansada y hambrienta, Jesús dice a sus discípulos: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13). En realidad, Jesús es el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos, y Jesús quería precisamente esto: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían. Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre (cf. Jn 6,48-58). Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos.

Partir: esta es la otra palabra que explica el significado del «haced esto en memoria mía». Jesús se ha dejado «partir», se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir por los demás. Precisamente este «partir el pan» se ha convertido en el icono, en el signo de identidad de Cristo y de los cristianos. Recordemos Emaús: lo reconocieron «al partir el pan» (Lc 24,35). Recordemos la primera comunidad de Jerusalén: «Perseveraban […] en la fracción del pan» (Hch 2,42). Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido el centro y la forma de la vida de la Iglesia. Pero recordemos también a todos los santos y santas –famosos o anónimos–, que se han dejado «partir» a sí mismos, sus propias vidas, para «alimentar a los hermanos». Cuántas madres, cuántos papás, junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criar a sus hijos, y criarlos bien. Cuántos cristianos, en cuantos ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados. ¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Precisamente en la Eucaristía: en el poder del amor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros y repite: «Haced esto en memoria mía».

Que el gesto de la procesión eucarística, que dentro de poco vamos a hacer, responda también a este mandato de Jesús. Un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para «partir» nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero.

Dinner and dance July 23, 2016

” Let us build a house for our Lady of Light”

As part of the building Fundraising the Capuchin Poor Clare Sisters of Denver, Co. invite you to the DINNER, SILENT AUCTION AND DANCE

Event will be held July 23, 2016 at the PPA Event Center, 2105 Decatur St. Denver, CO 80211

Silent Auction throughout the evening, Entertainment and Video of the life of our Capuchin Poor Clares.

Tickets are $35.00 each,

Contact Joan Lucero at 720-227-1177 to purchase your tickets

 

Visit the following websites to buy the Clarisa’s cookies or to learn more about the Capuchin Poor Clares www.ourladyoflightmonastery.com